16 de enero de 2026

En su época, las acciones del pontífice incluyeron la reorganización territorial de la ciudad y la restauración de templos Hace unas décadas, incluso siglos, los ancestros acostumbraban a nombrar a sus hijos con el nombre del santo del día en que nacieron, no en vano en las famosas “Mañanitas” hay una estrofa que dice: “Hoy por ser día de tu santo te las cantamos aquí…”. El onomástico hace alusión día en que se festeja algún santo, aunque es común que mucha gente lo use como sinónimo de cumpleaños, lo cual es erróneo, pues al hablar de él sólo se alude al listado de los nombres del santoral. Como se indica en el calendario santoral, hoy también se conmemora a las mujeres y hombres que destacaron por tener conexiones especiales con las divinidades, que hicieron buenas acciones por el prójimo y que tenían una elevada ética y moral, motivos que los llevaron a ser canonizados o beatificados y formar parte del santoral. El Papa Marcelo, trigésimo Pontífice de la Iglesia católica, asumió el liderazgo en Roma entre 308 y 309, en uno de los períodos más agitados por las persecuciones religiosas. Su pontificado, de apenas un año, transcurrió durante el imperio de Majencio, quien finalmente lo expulsó de la ciudad. Marcelo murió en el exilio en 309, tras un gobierno signado por la reorganización eclesiástica y severas tensiones internas. Convertido en pontífice tras la muerte de San Marcelino, Marcelo llegó a la cúpula de la Iglesia en el contexto de una profunda crisis. La última persecución ordenada por Diocleciano (303-305) había devastado a la comunidad cristiana, con mártires por todo el Imperio y templos destruidos. Tras cuatro años sin líder supremo y sin posibilidad de celebrar un cónclave seguro, la Sede de Pedro quedó vacante hasta la elección de Marcelo, un sacerdote conocido por su valor durante las persecuciones. La Iglesia del siglo III ya presentaba una organización consolidada, pero las persecuciones reiteradas bajo Decio, Valeriano y, en especial, Diocleciano, endurecieron tanto la identidad como la disciplina del cristianismo en Roma. Marcelo impulsó la reestructuración de la Iglesia romana desde los cimientos: dividió la ciudad en 25 sectores y confió su dirección a sendos presbíteros, fortaleciendo así la administración eclesiástica en tiempos caóticos. Reconstruyó templos destruidos e instituyó un sistema penitencial para los lapsi, cristianos que renunciaron a su fe durante la persecución pero buscaron ser reincorporados. La decisión del Papa de exigir penitencias públicas a los arrepentidos suscitó divisiones. Si bien muchos aceptaron la medida y retornaron a la comunidad, otros consideraron excesivo el rigor disciplinario. Se produjeron tumultos y enfrentamientos dentro de la propia Iglesia, reflejo de un clima social y espiritual atenazado por el miedo y la sospecha. La disciplina eclesiástica y la cuestión del perdón se convirtieron en fuentes de conflicto abierto en las calles de Roma. La situación escaló hasta el punto en que Majencio intervino, acusando a Marcelo de ser responsable de los disturbios. Así, el emperador lo condenó al exilio y tomó partido en un conflicto interno que legalmente le estaba vedado. Según el Libro Pontifical, el desterrado Marcelo fue recibido en casa de una mujer llamada Marcela, desde donde continuó guiando a los fieles. Sin embargo, por decisión imperial, Marcelo fue obligado a realizar tareas forzosas en las caballerizas públicas, un acto con el objetivo de humillarlo y quebrar su autoridad moral. El pontífice falleció en 309, consumido por las penalidades del exilio. El cementerio de Priscila en la vía Salaria Nueva acogió sus restos, como relataron testimonios posteriores recogidos por el papa San Dámaso. Este le reconoció como verdadero pastor, obligado a morir lejos de Roma “denunciado falsamente ante el tirano por quienes despreciaban la penitencia que les había impuesto”.