14 de agosto de 2026
El P. Ricardo Bello Mato acaba de cumplir 100 años en la casa sacerdotal de Santiago de Compostela (España) y comparte qué cosa es el Cielo para él. “Es como una residencia alrededor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Un espacio lleno de la inmensidad de Dios, una convivencia de los hijos de Dios, viendo en el cosmos la fuerza creadora y maravillosa de Dios”, señala el centenario sacerdote en declaraciones recogidas por la Archidiócesis de Santiago de Compostela, donde ha servido por más de 7 décadas.
¿Vale la pena ser sacerdote? Al ser preguntado sobre si valió la pena ser ordenado sacerdote en 1955, responde: “Para mí sí y creo que también para algunos fieles a quienes he dado apoyo y que luego me lo agradecieron”. Sobre los momentos que mejor recuerda de su larga vida, el P. Bello resalta “el día de la ordenación de diácono y el de la Primera Misa. La ordenación de diácono la hizo el Sr. Cardenal, D. Fernando Quiroga. Éramos unos 33 y hubo un momento en el que había que hablar y dar las gracias y me tocó a mí, por ser el mayor”. “En la primera Misa me encontraba indigno y limitado. Eso fue impactante. Fue en el año 1955 en la parroquia de Cances, con mucha fiesta y mucha ilusión”, prosigue. En cuanto a las cruces que ha tenido en su vida, el sacerdote comenta que han sido “muchas, que procuré llevar bien”. El miércoles 12 de agosto, el Arzobispo de Santiago de Compostela, Mons. Francisco José Pietro Fernández, visitó al sacerdote, que ahora está dedicado a la oración, el acompañamiento y la escritura.
La vida del P. Ricardo Bello l P. Ricardo Bello Mato nació el 1 de agosto de 1926, en la localidad de Cances, en una familia católica numerosa. Su infancia estuvo marcada por las consecuencias de la Guerra Civil Española, la pérdida de su hermano mayor y la necesidad de asumir responsabilidades de adulto, según señala la Archidiócesis de Santiago de Compostela. Luego de la guerra fue enviado al colegio salesiano de Madrid. En 1943 ingresó al seminario y en 1955 celebró su primera Misa, acompañado de un grupo de universitarios. “Hice un intento de ir a América pero D. Benito Espiño no me deja y me envía a Ozón cerca de Muxía. El Espíritu Santo ahí me agarró y no me soltó”, recuerda el sacerdote al comentar que también quiso llegar en algún momento al llamado Continente de la Esperanza. Sirvió en diversas parroquias, donde atendió a muchas personas, y ayudó en la recuperación de un monasterio. También dirigió cursillos, ejercicios espirituales y charlas. En 1999 fue nombrado capellán de la Residencia P. Rubinos y de las religiosas de la Caridad, donde acompañó a ancianos, pobres y muchos otros fieles.
