24 de octubre de 2025

En el año 40 d. C., el número de cristianos era de aproximadamente mil. En el año 400 d. C., esta cifra había aumentado hasta casi 40 millones. ¿Cómo ha podido el cristianismo crecer tan rápidamente en un imperio dominado por el paganismo?
El autor Bart Ehrman sostiene que el cristianismo creció gracias a su singularidad respecto a las religiones de la época: ningún otro grupo, afirma, era misionero y al mismo tiempo exclusivo como el cristianismo.
Las instrucciones de Jesús a sus discípulos ponen de relieve estos dos aspectos que han caracterizado la misión de la Iglesia. Así lo expresan el Evangelio de Mateo («Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», Mt 28,19) y el Evangelio de Juan («Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí», Jn 14,6). Los cristianos han sido llamados a difundir la Palabra de Dios para que todos puedan creer verdadera y únicamente en Jesucristo, ya que para alcanzar la salvación no se puede servir a dos señores al mismo tiempo.
Según Ehrman, esta combinación de evangelización y exclusividad era propia del cristianismo y resultó decisiva para el crecimiento de la Iglesia en sus primeros tiempos.
Sin embargo, entender la misión de la Iglesia en estos términos corre el riesgo de debilitar el espíritu con el que los cristianos difunden y deben seguir difundiendo la Palabra de Dios. Si la Iglesia excluye el culto a cualquier otro dios -ya sean divinidades paganas o el dinero y el poder-, lo hace porque sigue la Verdad revelada por Dios; y si llama a los cristianos a evangelizar, lo hace por amor a todos los hijos de Dios.
Comprender cómo los Padres y Doctores de la Iglesia han fomentado la difusión de la Buena Nueva en los primeros siglos del cristianismo puede ayudar a todos los cristianos en su misión actual.

A través de la predicación y la enseñanza 
Como enseña Tomás de Aquino en su “Summa Theologiae”, el intelecto y la voluntad representan dos facultades distintas del alma humana: mientras que el intelecto busca la Verdad, la voluntad persigue el Bien. Esto no significa que estos dos poderes estén aislados uno del otro: el intelecto dirige la voluntad hacia el Bien, ya que «el objeto de la voluntad es un bien con bondad de naturaleza. Luego no puede dar a la voluntad bondad moral. Por consiguiente, la bondad de la voluntad no depende del objeto» (I-II, q.19, a.3).
A la luz de esto, persuadir al intelecto de la verdad del cristianismo constituye un aspecto esencial de la misión de la Iglesia de difundir la Palabra.
En su obra “Sobre la doctrina cristiana”, donde instruye a los cristianos sobre cómo ser predicadores eficaces de la Palabra, san Agustín subraya la importancia de la claridad y la inteligibilidad en la enseñanza ofrecida a quienes escuchan. La verdad cristiana debe proponerse siempre con delicadeza, tanto por respeto a su propia naturaleza como por consideración hacia la capacidad de comprensión del oyente, para que este pueda acogerla plenamente.
Agustín escribe: «El que habla con intento de enseñar no juzgue haber dicho lo que quiso mientras no sea entendido por aquel a quien quiso enseñar. Pues aunque haya dicho lo que él mismo entendió, todavía no ha de pensar que lo dijo para aquel que no le ha entendido» (IV, 12, 27).
Por lo tanto, es fundamental que el intelecto de quien escucha pueda comprender la enseñanza, para que su voluntad persiga después el verdadero Bien en consecuencia.

A través de la oración
Dicho esto, es posible que la voluntad se niegue a adherirse a la Verdad. Por ello, Tomás de Aquino adopta la definición de san Agustín, quien reconoce la fe como un acto de la razón bajo el impulso de la voluntad guiada por la gracia de Dios: «El de la fe es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina bajo el imperio de la voluntad movida por la gracia de Dios; se trata, pues, de un acto sometido al libre albedrío y es referido a Dios» (Summa Theologiae II-II, q. 2, a. 9).
Pero, del mismo modo que la voluntad puede dirigir el intelecto hacia la fe, también puede obstaculizarla.
En estos casos y no solo en ellos, la oración para que intervenga la gracia divina constituye el instrumento más eficaz de los misioneros. Sin embargo, entre los cristianos del mundo posmoderno se ha tendido a subestimar el gran poder misterioso de la oración.
San Ignacio de Antioquía, escribiendo a los efesios, insiste en la oración como medio esencial para sostener la difusión del Evangelio: «Orad sin cesar por los otros hombres, porque hay en ellos esperanza de arrepentirse, para que lleguen a Dios» (Carta a los Efesios, 10).
La eficacia de la oración es subrayada también por san Agustín en su obra “Sobre la doctrina cristiana”: «este nuestro orador, cuando habla cosas justas, santas y buenas, […] no dude que si lo puede, y en la medida que lo puede, más lo podrá por el fervor de sus oraciones que por habilidad de la oratoria. Por tanto, orando por sí y por aquellos a quienes ha de hablar, sea antes varón de oración que de peroración. Cuando ya se acerque la hora de hablar, antes de soltar la lengua una palabra, eleve a Dios su alma sedienta para derramar lo que bebió y exhalar de lo que se llenó. Pero, como de cada tema que deba ser tratado conforme a la fe y a la caridad haya muchas cosas que decir y puedan expresarse de modos muy diferentes por aquellos que las saben, ¿quién se dará cuenta perfecta de lo que conviene se diga por nosotros y se oiga por el auditorio en el momento de la locución, sino Él que conoce los corazones de todos? ¿Quién es el que hace que digamos lo que conviene y como conviene, sino Aquel en cuyas manos estamos nosotros y nuestras palabras?» (IV, 15, 32).
Por eso, los cristianos están llamados a orar para que la gracia de Dios mueva la voluntad de quienes rechazan la Buena Nueva, de modo que algún día puedan creer.

A través de las buenas obras
La gracia de Dios puede obrar también a través de las buenas obras de los cristianos. En algunos casos, los no creyentes no están dispuestos a escuchar al misionero cristiano, ya que pueden haber tenido experiencias dolorosas con otros cristianos en el pasado. En efecto, muchas veces las acciones hablan más que las palabras. En su discurso a los catequistas en 2023, el papa Francisco recordó que «ser catequista significa dar testimonio de la fe, ser coherente en la propia vida personal». Luego, citando las palabras atribuidas a san Francisco de Asís -“Predicad siempre el Evangelio y, si fuera necesario, también con palabras”- subrayó la importancia de ser testigos tanto en lo que se hace como en lo que se dice.
San Ignacio de Antioquía, en su “Carta a los Magnesios”, destaca la necesidad de coherencia entre las palabras y las obras de los cristianos, escribiendo: «es apropiado que no sólo seamos llamados cristianos, sino que lo seamos» (n. 4).
Además de la oración, en su “Carta a los Efesios” exhorta a los creyentes a instruir a los demás con su ejemplo: «Frente a sus iras, vosotros sed mansos; a sus jactancias, vosotros sed humildes; a sus blasfemias, vosotros mostrad vuestras oraciones; a sus errores, vosotros sed «firmes en la fe»; a su fiereza, vosotros sed apacibles, sin buscar imitarlos. Sed hermanos suyos por la bondad y buscad ser imitadores del Señor: ¿quién ha sido objeto de mayor injusticia? ¿Quién más despojado? ¿Quién más rechazado? para que ninguna hierba del diablo se encuentre entre vosotros, sino que en toda pureza y templanza, vosotros permanezcáis en Jesucristo, en la carne y el espíritu» (n.10).
San Agustín retoma esta idea siempre en su tratado “Sobre la doctrina cristiana”, al afirmar que «Para que al orador se le oiga obedientemente, más peso tiene su vida que toda cuanta grandilocuencia de estilo posea» (IV, 27, 59).
Y añade: «Porque abundan los que buscan abogados de su propia mala vida de entre sus prelados y maestros, diciendo en su corazón, y si a mano viene expresándolo con la boca: Lo que a mí me mandas, ¿por qué no lo haces tú? De aquí procede que no oigan obedientemente al que no se oye a sí mismo, y que desprecien, junto con el mismo que les habla, la palabra de Dios que les predica» (IV, 27, 60).
Como escribe el apóstol Pablo a Timoteo: «sé, en cambio, un modelo para los fieles en la palabra, la conducta, el amor, la fe, la pureza» (1 Tim 4,12).
Por lo tanto, la misión de la Iglesia de difundir la Palabra no solo sirve para convertir los corazones de los demás, sino que también ofrece a todos los cristianos la oportunidad de crecer en la fe, a través de la enseñanza, la oración y las buenas obras.