18 de mayo de 2026

Pareciera normal oír a los sacerdotes hablar de Dios y del sentido de la vida, especialmente dentro de los templos y en los ambientes donde se reúnen creyentes. De hecho, nadie sensato se opone a que, en esos ámbitos, expresen sus creencias y celebren los ritos de quienes profesan la fe en Jesucristo. En la esfera política y social, en cambio, muchos se extrañan de que esos ministros puedan tomar la palabra, más aún de que quieran hacer oír su voz. Tal vez, se les consienta apoyar campañas de solidaridad con ocasión de desastres u otras contingencias, y/o sustentar iniciativas ecológicas o de promoción social, pero sin entrar en detalles que pudieran resultar políticamente incorrectos. Los pastores de la Iglesia nos pronunciamos sobre las cuestiones temporales más relevantes de la sociedad, como lo hizo nuestro Comité Permanente estos últimos días con el mensaje atingente a la violencia en Chile: “Recuperar la paz social y el diálogo político”, porque estamos convencidos de que nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de Cristo y de los cristianos (cf. Gaudium et Spes 1), quienes somos al mismo tiempo ciudadanos, y, por lo mismo, sentimos el deber de aportar desde la fe con principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción para promover un humanismo integral y solidario, de modo que los católicos y quienes quieran acoger nuestro mensaje se animen en la consecución del bien común, el respeto de la dignidad de las personas y de las familias y en la actuación de la justicia social, sobre todo cuando se encuentran en riesgo y/o franco deterioro. En el presente, enfrentamos momentos cruciales para la convivencia nacional en una situación mundial de gran inestabilidad, profundamente marcada por la amenaza de “la paz, puesta en peligro por las tensiones internacionales y por una economía que prefiere el comercio de armas al respeto por la vida humana” (León XIV, 8 de mayo de 2026). No podemos contentarnos, pensando que las guerras están lejos de nuestras fronteras. Tenemos que considerar la violencia que nos está afectando actualmente y, aún más, como nos recuerda el mensaje episcopal antes citado, “la violencia que afecta a una sociedad no se reduce al delito, la agresión física o la inseguridad en las calles. Existe también una violencia verbal, ideológica y estratégica cuando se exacerban divisiones, o se instala una lógica de enemistad permanente”. Digamos no a todo género de violencia y, en todos los ámbitos ciudadanos, transformémonos en agentes de una “paz desarmada y desarmante” (León XIV).

Mons. Andrés Ferrada Moreira