29 de octubre de 2026
El sacerdote estuvo acompañando durante horas a los heridos que estaban en los vagones de los trenes siniestrados.
Todo cambió para el sacerdote José Miguel Fernández, párroco de la localidad española de Urda, cuando recibió la llamada del arzobispo de Toledo, Mons. Francisco Cerro Chaves, informándole de la magnitud del siniestro. La parte delantera de un tren de Renfe que circulaba a 200km/hora se había empotrado contra los últimos vagones de otro tren de la compañía Iryo en el kilómetro 118 de la línea ferroviaria Madrid-Sevilla, dejando una escena dantesca con decenas de muertos y heridos. Sin dudarlo un instante, se acercó al lugar para acompañar a las víctimas atrapadas en los vagones. Según cuenta, llegó sobre las once de la mañana, dos horas después del choque de los trenes, y se sumó al operativo de ayuda improvisado por decenas de voluntarios, muchos de ellos feligreses de la parroquia.
”Nuestra mente se eleva a Dios y miras al cielo” Lo primero que encontró fue “una fila enorme de heridos que iban saliendo de los vagones de los trenes”, explicó al corresponsal de EWTN News Español, Nicolás de Cárdenas. Los vecinos del pueblo los atendían como podían, trasladándolos en sus propios vehículos hasta Urda para que recibieran asistencia. “Son momentos en los que, humanamente, te encogen el corazón, pero rápidamente nuestra mente se eleva a Dios y miras al cielo”, aseguró el P. Fernández en declaraciones a EWTN News Español. Entre los heridos, recuerda especialmente a un hombre que se le acercó y le dijo: “Padre, deme un abrazo, que estoy vivo”. Aquel encuentro marcó el tono de toda la jornada. “Me dije pues bueno, pues esta es la manera de que te acercas en el día de hoy a dar un abrazo. Pues a eso me dediqué toda la mañana mientras estuve en la zona cero: a cogernos de la mano y darles un abrazo”.
“Somos sacerdotes, pero somos humanos” El sacerdote continuó durante horas con la misma misión que había comenzado junto a las vías del tren: acompañar el sufrimiento de quienes lo habían perdido todo en cuestión de segundos. Reconoce también que en “bastantes ocasiones” acabó llorando con ellos. “Somos sacerdotes, por supuesto, pero somos humanos y también nos afecta el dolor y la tristeza de nuestros hermanos”, explica.
