12 de junio de 2026

Por primera vez en este viaje a España, que concluye este viernes, León XIV alzó la voz con inusitada firmeza. Lo hizo al arremeter contra los mercaderes de personas: los que cobran cifras estratosféricas por facilitar el cruce del océano a los inmigrantes y aquellos que los esclavizan sin piedad. “Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina”, manifestó. “Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio. Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan”, exclamó en uno de los discursos más potentes del viaje. En un grito que evocó el que profirió el Papa Francisco a los mafiosos en 2014, clamó:”¡Deténganse. Conviértanse!”. A ellos, a los traficantes que se lucran con el sufrimiento ajeno, también les dejó abierta la puerta del retorno a Dios: “Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero solo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión”.

Para no quedarse “encerrados para siempre en la condición de víctimas” En esta última jornada, León XIV mantuvo un doble encuentro con la realidad migratoria, lo que revela hasta qué punto ha querido subrayar la importancia de este fenómeno. En la plaza del Cristo de La Laguna, capital de Tenerife, con motivo del Encuentro con las Realidades de Integración de los Migrantes, y ante unas 4.000 personas, el Pontífice ofreció también varias claves dirigidas a los inmigrantes para que no queden “encerrados para siempre en la condición de víctimas”. La tarea que propuso a los “queridos hermanos migrantes” pasa por “abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones”. Asimismo, se dirigió —como ya hizo el día anterior en Las Palmas— directamente a los católicos: “Que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea”. El Papa advirtió en este sentido del riesgo de lo que denominó “un naufragio silencioso” tras la llegada: “Quedar solo en una ciudad, sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza y expuesto a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad. Integrar es impedir ese segundo naufragio”.

Acoger “sin diluir la identidad ni cerrar el corazón al encuentro” Así, pidió acoger “sin diluir la identidad ni cerrar el corazón al encuentro” y recordó que toda sociedad que acoge “tiene deberes hacia quienes llegan”, mientras que quien es acogido debe mostrar “responsabilidad y deseo sincero de construir junto a los demás”. Antes de la Misa final con la que puso el broche de oro a su viaje apostólico a España, el Papa pidió no olvidarse de tantos migrantes que, procedentes de Latinoamérica, Filipinas y otras latitudes, forman ya parte viva de la comunidad. “Déjense también evangelizar por ellos, pues seguramente traen consigo regalos que la Providencia ha querido hacer llegar a ustedes a través de quienes se integran”, señaló.