22 de mayo de 2026
Stephen Bevans, sacerdote de la Sociedad del Verbo Divino (SVD), teólogo católico y misionólogo estadounidense, es profesor emérito de misión y cultura en la Catholic Theological Union de Chicago y uno de los principales impulsores de la teología contextual contemporánea. Autor del ya clásico ‘Models of Contextual Theology’ y de numerosos estudios sobre la misión entendida como “diálogo profético”, sostiene que “toda teología es contextual” y que la tradición cristiana está compuesta por teologías locales en diálogo permanente.
Con ocasión de una jornada de estudio sobre teología contextual celebrada el 12 de mayo en la Universidad Pontificia Urbaniana de Roma, el profesor Bevans ha concedido una entrevista a la Agencia Fides. En ella retoma la carta apostólica ‘Ad theologiam promovendam’ del papa Francisco, que interpreta como un giro magisterial hacia una teología “fundamentalmente contextual”. Además, vuelve a leer la historia de la teología, desde Nicea hasta el Concilio Vaticano II, como una sucesión de respuestas situadas en contextos concretos, y describe lo que denomina una “nueva catolicidad”, en la que las experiencias y categorías procedentes de Asia, África, Europa y América del Norte entran en un diálogo que es crítico pero fecundo.
– Profesor Bevans, usted interpreta ‘Ad theologiam promovendam’ del papa Francisco como un verdadero cambio magisterial hacia una teología “fundamentalmente contextual”. ¿Cómo entiende exactamente esta transformación y en qué sentido va más allá del concepto clásico de “inculturación”?
– Algunos presentan la inculturación como una especie de marco global, del cual la teología contextual sería solo un aspecto. Yo diría lo contrario. La inculturación se centra principalmente en la cultura, que sin duda es esencial, pero la teología contextual es mucho más amplia.
En mi opinión, lo que el papa Francisco, y también el papa León XIV, subrayan, es un desplazamiento hacia una comprensión más global de los contextos, incluyendo su dimensión interdisciplinar. Se supera así una visión a veces romántica de la cultura, reducida a elementos visibles como la danza, la gastronomía o ciertas tradiciones.
La teología contextual incluye también la experiencia de las mujeres, la realidad de los pobres o las situaciones políticas contemporáneas: es una fe vivida en el tiempo, en la historia y en contextos concretos. No son elementos secundarios, sino esenciales para la reflexión teológica. Por eso, toda teología es necesariamente contextual. Cuando predico, ya sea en África o en Nueva York, debo decir algo que tenga sentido para las personas concretas que me escuchan hoy.
– Usted afirma que no existe “la” teología, sino únicamente teologías contextuales, y que la tradición cristiana es una sucesión de teologías locales. ¿Cómo responde a quienes temen que esta visión debilite la unidad de la fe? ¿Siguen siendo fuertes esas resistencias actualmente?
– Sí, son muy fuertes. Y, en muchos casos, nacen de un escaso conocimiento de la historia.
Si observamos el Concilio de Nicea, en el año 325, vemos que asumió un riesgo considerable: los Padres conciliares decidieron dejar de lado el único lenguaje bíblico -sin abandonar la Biblia- para recurrir a la filosofía de su tiempo, con el fin de responder a preguntas que la Escritura no podía formular en esos términos. Fue una decisión radical y profundamente contextual.
Del mismo modo, el Concilio Vaticano II, con Gaudium et spes, marca un giro al afirmar que “nada de lo genuinamente humano” es ajeno a los cristianos. Esto supone un cambio total respecto a ciertas corrientes espirituales anteriores, marcadas por la ‘fuga mundi’, la huida del mundo. Se pasa a una actitud de aceptación y de acogida de lo humano.
En realidad, toda la historia de la teología muestra que está plasmada por contextos particulares. En ese sentido, la teología contextual es profundamente tradicional. En el Conccilio de Trento, por ejemplo, se discutió la posibilidad de usar lenguas locales en la liturgia. Pero los Padres dijeron: “No podemos hacerlo, eso es lo que hacen los protestantes”. Y mantuvieron el latín. Esta decisión solo se entiende en ese contexto concreto. De lo contrario, probablemente habríamos tenido una liturgia en lenguas vernáculas desde hace ya quinientos años. Tal elección solo se explica por el contexto de la época.
– En su trayectoria personal, ¿qué momento o experiencia le convenció de que la contextualización no era solo una opción metodológica, sino una exigencia teológica para la Iglesia de hoy?
– Recuerdo dos experiencias decisivas. También lo comento en el primer capítulo de mi libro sobre teología contextual, “Models of Contextual Theology” (1992, edición revisada de 2002, Orbis Books).
La primera ocurrió cuando era estudiante en Roma. Predicaba una meditación de Adviento sobre Cristo, luz del mundo, utilizando la canción de los Beatles ‘Here Comes the Sun’ para habla de la luz que Cristo trae al mundo. Entre los presentes había un hombre indio que me dijo: “Para ustedes en Europa o América esto es hermoso, pero en la India el sol puede ser un enemigo, algo de lo que hay que protegerse”. En ese momento comprendí que las personas perciben el mundo de manera muy distinta según su cultura y sus experiencias.
La segunda experiencia fue al llegar a Filipinas tras mi ordenación. Un amigo me preguntó: “Steve, ¿vienes a enseñar teología romana o teología filipina?”. Esa pregunta me marcó profundamente. Empecé a estudiar la cultura local y comprendí la importancia de situar la teología en su contexto. No puedo decir que lo lograra plenamente entonces, pero fue una verdadera conversión. No quería enseñar una teología “romana”. Quería enseñar una teología que tuviera sentido para las personas a las que me dirigía, para que ellas mismas pudieran anunciar el Evangelio de manera significativa a las personas con las que convivían.
– Usted habla de una “nueva catolicidad” en la que las teologías locales dialogan entre sí. ¿Es ya una realidad o todavía un ideal?
– Es, en parte, más un sueño que una realidad plenamente consolidada, aunque ya existen ejemplos concretos.
A menudo, cuando se habla de “universalidad” en teología, en realidad se habla de “uniformidad”. Por ejemplo, se dice: “Todos recitamos el Credo, por lo que es universal”. En realidad, lo que ha ocurrido es que la teología europea no ha producido una teología universal, sino que ha “universalizado” una teología elaborada desde un punto de vista europeo.
La “nueva catolicidad” que propongo no es eso. Es la posibilidad de expresar la fe con categorías propias, que tienen sentido en mi cultura, escuchando al mismo tiempo cómo otros lo hacen desde sus culturas, y aprendiendo de esas diferencias.
He aprendido mucho de teólogos filipinos como José de Mesa, quien desarrolla el concepto de “loob”, que designa la interioridad profunda de la persona. En lenguaje local, decir que alguien tiene un “buen loob” es afirmar que posee una interioridad buena y abierta. Jose de Mesa lo utiliza para hablar de Dios. Se puede hablar de Dios como aquel que posee esa interioridad plena y que se dona. Me gusta mucho este enfoque.
Otro ejemplo es el concepto africano de “Ubuntu”: “yo soy porque nosotros somos”. Es una visión profundamente relacional de la persona, distinta del individualismo occidental, pero igualmente enriquecedora. Podemos aprender mucho de esto, y eso puede enriquecer nuestra teología. Por el contrario, estas culturas tan comunitarias también pueden aprender algunos aspectos positivos de nuestro individualismo occidental. En eso consiste el diálogo intercontextual: un intercambio que enriquece a todas las partes implicadas.
– ¿Puede la teología contextual ayudarnos a mirar de otra forma las culturas históricamente cristianas?
– Sin duda. Es otra razón por la que creo que la teología contextual es más amplia que la inculturación
A veces idealizamos las culturas “otras”, como si solo existieran fuera de Occidente. He tenido alumnos americanos blancos que, tras escuchar a latinos o africanos, me decían: “Ah, me encantaría que nosotros también tuviéramos una cultura”. ¡Pero la tenemos! Solo tenemos que identificarla, asumirla y analizarla de forma crítica.
Lo mismo ocurre con las culturas secularizadas: en ellas también hay valores auténticos, incluso valores evangélicos no explícitos. La gracia puede estar presente en todas partes.
Esto tiene consecuencias muy concretas para la predicación en sociedades como Italia, Bélgica o Estados Unidos. Cada vez que predico -y lo hago con bastante frecuencia- intento integrar lo que ocurre en el mundo y ver cómo se relaciona con el texto bíblico del día. Me pregunto: ¿hay movimientos culturales, palabras o debates actuales que puedan arrojar luz sobre este texto?
Creo que, a menudo, tenemos miedo: miedo de decir las cosas de forma incorrecta, miedo de equivocarnos. Pero debemos ser creativos. A veces cometeremos errores, y no pasa nada. Lo importante es tomarnos en serio el contexto cada vez que hacemos teología y proponer una teología verdaderamente viva.
(ML) (Agencia Fides 22/5/2026)
