24 de marzo de 2026

El P. Flanagan “nunca conoció a un niño que quisiera ser malo”: siempre apostó por ellos, los defendió, y luchó para que los que vivían en la calle tuvieran un hogar digno. La Iglesia en Irlanda celebra la decisión del Papa León XIV de declarar Venerable al P. Edward Flanagan, cuya vida de entrega y su incansable bondad hacia los jóvenes “tiene mucho que decirnos hoy”. Así lo expresó Mons. Kevin Doran, Obispo de Achonry y Elphin en Irlanda, tras recibir la noticia desde Roma el 23 de marzo. “La vida y la virtud del P. Flanagan tienen mucho que decirnos hoy, en un país rico donde tantos niños se ven obligados a vivir sin hogar, y en un mundo en el que todavía nos resulta tan fácil definir a las personas como ‘extranjeros hostiles”, subrayó.

Las semillas de una vida virtuosa El P. Flanagan nació el 13 de julio de 1886 en Ballymoe, en el condado de Galway. Pasó su vida en el campo y creció como granjero entre los verdes pastos del condado, “aprendiendo las lecciones de la vida en el regazo de sus padres”, se lee en su sitio web. Al hablar de su infancia en el campo, el P. Flanagan recordaba con cariño una juventud “llena de belleza y encanto”. Para el nuevo Venerable, su niñez en Irlanda, así como su fe y su familia, “fueron fundamentales para el desarrollo de sus políticas de cuidado infantil”. Fue en Ballymore “donde se sembraron las semillas de su vida virtuosa”. Estudió primaria en la Drimatemple National School y completó la secundaria en el Colegio Inmaculada Concepción de Sligo.  Según recuerda Mons. Doran, el joven Edward emigró más tarde a Estados Unidos, como hicieron tantos jóvenes de su época, donde descubrió su vocación. Fue ordenado sacerdote en la diócesis de Omaha.

“El kilómetro cuadrado más mágico de Estados Unidos” El crítico panorama social de aquel momento no pasó desapercibido para el sacerdote irlandés, quien se atrevió a denunciar con pasión y a actuar ante los problemas sociales que muy pocos se atrevían a solucionar. Consciente de la grave crisis que atravesaban muchos jóvenes, que se veían obligados a vivir en la calle y se metían en problemas con la ley, decidió poner una solución. Fue entonces cuando fundó La Ciudad de los Niños “Boys Town”, destinada a acoger a los jóvenes de la calle para ofrecerles un hogar donde podían recibir una sólida educación y una formación necesaria. Una institución que, hoy en día, continúa ayudando a jóvenes necesitados. A las puertas de aquel pequeño pueblo, considerado “el kilómetro cuadrado más mágico de Estados Unidos”, podía leerse el cartel “Niños de hoy, hombres de mañana”. El nuevo Venerable defendía con convicción que todos los niños debían ser valorados, y acogió a todo aquel que lo necesitara, independientemente de su color, raza o credo. También luchó por cerrar los reformatorios y centros de menores donde los niños eran maltratados y abusados. “No existen los chicos malos. Sólo existen malos entornos, mala formación, malos ejemplos y malos pensamientos”, escribió el P. Flanagan.

Jóvenes de todas las razas y religiones El obispo irlandés destacó la virtud heroica del P. Flanagan, manifestada en muchos aspectos de su vida, especialmente “el valor con el que siguió su vocación al sacerdocio, a pesar de sus problemas de salud”, provocados por su intenso trabajo y dedicación a los niños necesitados. “Otro aspecto de su santidad fue su deseo de ayudar a los jóvenes a comprender que son amados por Dios”, subrayó el prelado. Esta convicción la expresó tanto en sus acciones como “padre”, como en su afirmación de que “la bondad y el amor abrirán el corazón de cualquier chico problemático”. En las décadas de 1920 y 1930, recuerda el obispo Doran, el P. Flanagan se opuso al sectarismo y a la ideología racista del Ku Klux Klan, e insistió en acoger en Boys Town a jóvenes de todas las razas y religiones, basándose en su necesidad. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los trabajadores japoneses y sus familias en Estados Unidos fueron internados como “extranjeros hostiles”, el ahora Venerable consiguió que muchos de ellos fueran liberados para ir a vivir a Boys Town, donde les proporcionó un hogar y empleo. Cuando terminó la guerra, dedicó lo que le quedaba de vida a visitar algunos de los países más afectados por la violencia, como Filipinas, Japón y Alemania, para apoyar los esfuerzos de ofrecer el mejor cuidado posible a los niños sin hogar. Fue durante una de esas visitas en Berlín cuando sufrió un infarto. “Murió de agotamiento”, recuerda Mons. Doran. Era el 15 de mayo de 1948.

Un modelo de vida cristiana En los últimos años, los feligreses de Ballymoe han desarrollado el Father Flanagan Memorial Centre, que incluye una exposición conmemorativa y un centro de peregrinación.  También hay un documental que narra la vida del sacerdote titulado Heart of a Servant (Corazón de Sirviente). Con el reconocimiento formal del P. Flanagan como Venerable, el obispo Doran invitó “a las personas de fe, y especialmente a quienes trabajan con jóvenes, a tomarlo como modelo de vida cristiana y a rezar por su Beatificación”, la siguiente etapa del proceso tras el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión. “Animo a las personas a rezar por medio de la intercesión del P. Flanagan por la curación de familiares y amigos enfermos”, concluyó.