11 de junio de 2026

La llegada del Papa León XIV al muelle de Arguineguín, símbolo del colapso de la gestión migratoria que vivieron las islas Canarias en 2020, cayó a partes iguales como un bálsamo de esperanza y un tirón de orejas. Hace seis años, en estas pequeñas instalaciones, llegaron a hacinarse a la intemperie durante semanas más de 2.600 personas, que vieron sus derechos vulnerados. Este pequeño enclave pesquero en el suroeste de la isla de Gran Canaria, que ocupó las portadas de la prensa mundial, con personas durmiendo sobre el rugoso cemento, fue rebautizado como el “muelle de la vergüenza”. Los migrantes procedían de Mauritania, Senegal, Gambia, Marruecos o del interior del Sáhara, tras cruzar el Atlántico a bordo de cayucos y pateras, las embarcaciones precarias con las que ponen en riesgo su vida. Algunas travesías pueden superar los 1.600 kilómetros. Seis años después, el Papa lo ha convertido en un muelle de la esperanza. “No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido”, afirmó el Pontífice. La dignidad humana, aseveró, “exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra”. En esa misma línea, subrayó que si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida está amenazada, también existe el derecho a no verse obligado a migrar: “el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños”. “No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”, afirmó el Papa.  Canarias es la última parada del Papa León XIV en España y también una de las etapas más cargadas de significado. Una visita inédita que llega en un momento donde la migración es una herida abierta que escuece en varias partes del mundo. “Este drama debe convertirse en examen de conciencia”, dijo el Papa. León XIV dirigió su fuerte apelación a varios sectores. A las naciones de origen, les dijo que  “deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo”, a las naciones de tránsito, les encomendó “no dejar a los débiles en manos de redes criminales”. Pero fue más allá e incluso puso nombre y apellidos a los responsables. Se dirigió a Europa, “que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas” y para la “comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante”. También la Iglesia “debe dejarse interpelar”, remarcó. “La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios”. También tuvo un mensaje contundente para los católicos de a pie: “Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego ‘pasar de largo’ ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso”.

La Iglesia no puede permanecer “muda” El Pontífice recurrió a las figuras bíblicas del Leviatán y Rahab para decir que hoy existen “monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido”. Pero la fe “no se queda paralizada ante el poder del mar”, clamó el Papa. “Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte”. Ahí donde Cristo “manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas”. Sus palabras “nos muestran dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser uno más, deja de ser una categoría y una cifra”.  Este viaje a Canarias es el que quiso hacer y no pudo el Papa Francisco. Y León XIV entregó el mismo mensaje que su predecesor llevó a la isla de Lampedusa en 2013. Hasta allí se trasladará también León el próximo 4 de julio, fecha en que Estados Unidos celebra los 250 años de su fundación. “No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”, afirmó. En el discurso, que fue aplaudido en varias ocasiones, pidió que la historia “no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas”. Antes de tomar la palabra, el Papa escuchó varios testimonios que — desde distintos puntos de vista— han estado cerca de la tragedia migratoria. Primero, tomó la palabra Tito Villarmea, capitán de la Urania, la guardamar de Salvamento Marítimo, última línea humanitaria en una de las fronteras más mortíferas de Europa. Lleva 18 años en este organismo, tiempo en el que ha rescatado a más de 20.000 personas: “una cifra que duele y que no se olvida”.  A pesar del descenso significativo en el número de llegadas irregulares —que han caído en torno a un 35 % respecto al año anterior (en cambio, las entradas terrestres en Ceuta y Melilla han aumentado un 210 %)—, las operaciones de rescate no han dejado de sucederse, muchas de ellas en condiciones extremas. Un total de 10.224 migrantes han llegado de forma irregular a España entre el 1 de enero y el 31 de mayo de 2026, un 35,2% menos que en el mismo periodo del año anterior, cuando llegaron 15.769; mientras que han aumentado un 210% las llegadas por vía terrestre a Ceuta y Melilla hasta las 2.366 personas, según datos del Ministerio del Interior español. “Nunca olvidaré a una madre que viajaba en una patera con su hijo, entre heridos y cuerpos sin vida. Ya a salvo a bordo, la mujer se acercó al niño, de unos 14 años, le quitó el gorro y la cazadora y sacó unos pendientes dorados para colocárselos. Era una niña. Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes”, explicó el capitán Villarmea tras constatar que en cada rescate ve a personas cuyas vidas dependen directamente de ellos. En el emocionante encuentro, también habló la voluntaria de Cáritas María Reyes Alemán, que dedica su tiempo libre a acompañar con instrumentos este drama humano. “Aprendimos que no se trataba de resolverlo todo, sino de estar presentes”, explicó al Papa, al contar que los pequeños gestos, como una sonrisa o una mirada, también pueden transmitir esperanza. Otro de los momentos impactantes fue el testimonio de Blessing, una mujer nigeriana, víctima de trata que por motivos de seguridad no estaba presente. Salió de su país con 22 años, una decisión que le costó dejar atrás a sus  dos hijas. Explicó al Papa que cuando llegó el momento de cruzar el mar, vio cómo las personas que salieron antes que su grupo ese mismo día murieron ahogadas. “La mafia me llevó a un lugar donde me hicieron un ritual, el ‘yuyu’. Me dijeron que tenía una deuda de 25.000 euros que debía pagar cuando llegara a Europa”, contó en una carta que leyó otra persona. Durante su cautiverio, que duró seis meses, “quedó embarazada de un hombre de la mafia”. “Al llegar a España me quitaron a mi bebé para obligarme a prostituirme”, aseveró. Su esclavitud forzada terminó cuando su hijo cumplió 11 meses, cuando la policía detuvo a quienes la tenían presa. Gracias a la Iglesia pudo salir adelante. El Papa también mandó un mensaje de prevención a los inmigrantes que como Blessing quiere alcanzar el sueño de una vida mejor: “No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad”. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas, son industrias de muerte”, señaló el Papa.  Ya desde dos horas antes de que llegara le esperaban bajo el sol abrasador decenas de personas, en un sencillo escenario montado en el puerto. El Papa también nombró en su discurso a El Hierro, la menos poblada de las islas canarias, que se ha convertido en el principal puerto de llegada de la inmigración —con la entrada irregular de más de 50.000 personas desde 2020. Su punto álgido fue en 2024 con casi 30.000. Este olvido de parte de las autoridades ha causado la irritación del presidente del Cabildo insular, el socialista Alpidio Armas, que no asistirá a los actos con el Pontífice. Esa isla, constató el Papa, “ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco”. Aquí, “hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas”. Por eso, “el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles”, aseguró. El acto culminó con una ofrenda floral en memoria de las víctimas de la migración por mar, un gesto cargado de simbolismo en un lugar que se ha convertido en emblema del sufrimiento, pero también de la solidaridad. Después, el Pontífice se dirigió a la cercana imagen de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, donde bendijo una cruz levantada como recuerdo permanente de quienes no llegaron a su destino.