10 de septiembre de 2026

Desde hace algún tiempo se ha instalado entre nosotros una de esas noticias que uno tiene tantas ganas de que sea verdad que corre el riesgo de dejar de hacerse preguntas: los jóvenes están volviendo a la Iglesia. Y a ver quién es el aguafiestas que se atreve a ponerle un pero. Hay más jóvenes en peregrinaciones y adoraciones que se llenan, influencers católicos con centenares de miles de seguidores, rosarios en TikTok, chavales que hablan de Dios sin el complejo con el que crecieron generaciones anteriores y un interés bastante sorprendente por la liturgia, la tradición, los monasterios, el Camino de Santiago, la apologética o, sencillamente, cualquier cosa que huela a trascendencia. Todo esto es bueno. Es más, después de muchos años trabajando en evangelización y viendo cómo desaparecía progresivamente el cristianismo del horizonte de nuestros contemporáneos, confieso que algunas de estas cosas me entusiasman. Pero precisamente porque me entusiasman, creo que debemos intentar entender qué está pasando.  Porque quizá hemos pasado demasiado rápidamente de constatar que algunos jóvenes están mirando hacia la Iglesia, a afirmar que los jóvenes están volviendo a la Iglesia. Y no es exactamente lo mismo.  Durante décadas hemos pensado la secularización en términos de increencia. El problema era el ateo, el agnóstico, el que rechazaba la doctrina de la Iglesia o discutía acerca de la existencia de Dios. Pero la postcristiandad nos ha colocado delante de algo bastante más complicado: una generación para la que muchas veces Dios ni siquiera forma parte de las preguntas que merece la pena hacerse. El ateo todavía discute contigo. Sartre discute contigo, Marx discute contigo y hasta el anticlerical furibundo necesita que exista aquello que combate. El que bosteza, en cambio, no necesita derrotarte. Simplemente ha dejado de prestarte atención. Por eso es una noticia estupenda que algunos hayan dejado de bostezar. El problema es que dejar de bostezar todavía no es convertirse. Hay quien parte de una absoluta indiferencia y un día descubre que aquello del cristianismo le resulta curioso. Quizá entra en una iglesia, escucha canto gregoriano, descubre a un sacerdote en Instagram, hace el Camino o se encuentra con un vídeo que le habla de una manera que no esperaba. Lo que hasta ayer era irrelevante empieza de repente a tener cierto atractivo. Y aquí conviene no engañarnos tampoco con las palabras, porque no se puede volver a un sitio donde nunca has estado. Una parte importante de los jóvenes de los que estamos hablando no regresa al cristianismo de su infancia porque no ha tenido una infancia cristiana. No está volviendo a casa, sino asomándose por primera vez a una casa que apenas conocía.

Eso cambia bastante las cosas. Puede ocurrir después que aquella curiosidad dé un paso más. Entra en una adoración, hace un retiro, empieza a rezar o encuentra un grupo en el que se siente acogido y experimenta algo real. Dios puede estar tocando ahí el corazón y sería absurdo negar lo que el Espíritu Santo está haciendo simplemente porque no encaje con nuestros análisis sociológicos. Pero una experiencia religiosa, incluso una experiencia religiosa potente, tampoco significa automáticamente que una persona haya iniciado una vida de discípulo. Y ahí es donde me parece que estamos haciendo un poco de trampas al solitario. Estamos confundiendo los estadios intermedios con un proceso culminado de conversión. Vemos a un joven con una cruz al cuello y enseguida pensamos que tenemos una tendencia; vemos una adoración llena y hablamos de despertar espiritual; encontramos a un influencer que cuenta estupendamente su reciente encuentro con Dios y, casi sin darnos cuenta, lo presentamos como uno de los rostros de una nueva generación católica. Y de pronto parece que todo ha cambiado. Ojalá. Pero no sé si las cosas funcionan tan rápido. Además, existe un fenómeno cultural bastante peculiar que deberíamos mirar sin miedo. Para determinados jóvenes el cristianismo se está haciendo atractivo precisamente porque empieza a ser contracultural. Después de varias décadas en las que la rebeldía consistía en romper con la tradición, quizá ahora lo rebelde sea recuperarla. La cruz, una determinada concepción de la familia, la liturgia, la tradición o incluso la afirmación pública de la fe pueden adquirir el encanto de aquello que ya no forma parte de la corriente dominante. Fantástico si eso abre una puerta. Pero no confundamos la puerta con el camino. Porque el cristianismo puede hacerse viral mucho más fácilmente de lo que puede hacerse vida. Puede convertirse en estética o en identidad cultural, funcionar como reacción ante determinadas ideologías, ofrecer refugio frente al desconcierto o incluso ponerse de moda. Y ninguna de esas cosas tiene por qué ser mala, pero ninguna equivale todavía a poner la vida bajo el señorío de Jesucristo.

Convertirse es otra cosa. Y aquí viene una de las cosas que más me preocupan últimamente: nuestra increíble velocidad para darle un micrófono al recién llegado. Alguien tiene un encuentro con Dios, comienza a contarlo en redes y consigue seguidores. A los pocos meses está en un escenario, aparece en el cartel de un encuentro, presenta un evento o se convierte en referente de otros jóvenes. Tenemos tanta necesidad de historias que confirmen que «los jóvenes vuelven» que a veces parece que agarramos al primero que llega a la puerta, le ponemos una acreditación de ponente y le decimos que nos explique qué significa ser cristiano en el siglo XXI. Y no creo que esto sea bueno para nadie, empezando por ellos. Por supuesto que un recién convertido puede dar testimonio. Faltaría más. Hay algo maravilloso, fresco y profundamente evangelizador en escuchar a alguien contar cómo Jesucristo acaba de irrumpir en su vida.

Pero ese es precisamente su testimonio. Puede decir, con toda legitimidad y toda la fuerza del mundo, que acaba de llegar, que está descubriendo una realidad nueva, que todavía no entiende muchas cosas, que ha encontrado a Jesucristo y que está empezando un camino. Y eso no es un testimonio incompleto; es un testimonio completo del inicio. Lo problemático aparece cuando convertimos rápidamente ese testimonio del comienzo en un testimonio del camino entero, como si la primera experiencia de conversión otorgara automáticamente madurez espiritual, formación, criterio eclesial y capacidad para liderar a otros.

En la vida cristiana existe algo que se llama tiempo. Y durante ese tiempo aparecen el acompañamiento, el aprendizaje, las caídas, la perseverancia, la corrección, el discernimiento y esa cosa tan poco instagramable que consiste en permanecer años dejando que Dios vaya haciendo su obra. Jesús tampoco cogió a Pedro el día de la pesca milagrosa y lo mandó a organizar un congreso internacional de liderazgo cristiano. Le hizo caminar con Él. Y llegados aquí aparece el problema que, a mi juicio, es bastante más gordo que el de los influencers. Supongamos que es verdad. Supongamos que efectivamente hay miles de jóvenes asomándose otra vez al cristianismo. La pregunta entonces es bastante sencilla: ¿dónde los vamos a meter? Porque resulta paradójico que podamos celebrar el regreso de una generación mientras la mayoría de nuestras parroquias siguen sin haberse configurado como verdadera comunidad de discípulos. Francisco, en Evangelii gaudium, no soñaba con una parroquia convertida en una eficiente distribuidora de servicios religiosos. Hablaba de la Iglesia como una comunidad de discípulos misioneros que se involucra, acompaña, fructifica y festeja, y de una parroquia que fuera verdadera comunidad de comunidades, lugar de crecimiento de la vida cristiana y centro de constante envío misionero. Y además advertía, con bastante claridad, de que la renovación de nuestras parroquias todavía no había dado suficientes frutos. Han pasado años y la pregunta sigue siendo bastante incómoda. ¿Qué hacemos con alguien cuando se convierte? Porque organizar un retiro somos capaces, y también una adoración, un concierto, una peregrinación, una conferencia o un encuentro con tres mil jóvenes que produzca unas fotos estupendas para Instagram.

Pero después llega el lunes. Y el lunes resulta que ese joven necesita una comunidad en la que alguien conozca su nombre y sepa realmente qué está ocurriendo en su vida, donde pueda aprender a rezar y formarse, empezar a servir, descubrir sus dones y comprender también sus caídas. Necesita un lugar en el que pueda ir integrando poco a poco la fe con su sexualidad, sus relaciones, su trabajo, su dinero y sus decisiones; un sitio donde convivir con otros cristianos que no siempre ha elegido, aprender a perdonar y dejarse perdonar, celebrar los sacramentos y descubrir que el cristianismo no consiste en una colección de experiencias religiosas, sino en una vida. Eso es discipulado. Y eso cuesta bastante más que montar un evento o un encuentro. De hecho, podemos caer perfectamente en una especie de consumismo católico en el que alguien va un martes a una adoración, el viernes escucha una charla, el sábado se apunta a un retiro, en verano hace una peregrinación y entre medias consume horas y horas de contenido católico en redes. Puede rezar muchísimo y hacer un montón de cosas buenas, pero eso no responde todavía a la pregunta decisiva de si tiene una comunidad real que le acompaña, si alguien conoce de verdad su proceso, si él mismo está aprendiendo a acompañar a otros, si sirve en algún lugar, sí está creciendo y si habrá alguien a su lado cuando llegue la primera crisis seria y deje de sentir lo que sintió aquel fin de semana maravilloso. Porque sumar actividades cristianas no produce necesariamente una vida cristiana.Y mucho me temo que en algunos lugares nos estamos acostumbrando a medir precisamente eso.  Llenamos un templo, contamos asistentes, enseñamos las fotografías y damos gracias a Dios —que por supuesto debemos dárselas—, pero a continuación nos cuesta muchísimo más responder qué ocurre con esas personas dentro de seis meses, quién está caminando con ellas y si aquella experiencia está generando una vida cristiana más sólida, coherente y acompañada. Esta pregunta nos persigue a Cristy y a mi desde hace muchos años hablando de Nueva Evangelización. Si Dios hace lo que estamos soñando y alguien se convierte, ¿tenemos preparada una comunidad capaz de recibirle? Porque sería bastante grotesco pasarnos veinte años orando para que la gente vuelva y que, cuando empiece a aparecer alguien por la puerta, descubramos que lo único que sabemos ofrecerle es el horario de misas y el cartel del próximo evento. Y quizá esto sea lo que realmente está sucediendo. Puede que no estemos todavía ante una generación que vuelve masivamente a la Iglesia, pero sí ante una generación que empieza a mirar. Hay una curiosidad nueva, determinados prejuicios culturales parecen haberse debilitado y algunas personas están descubriendo que detrás de aquello que habían descartado sin conocerlo existe algo enormemente atractivo. Eso no es poco. Es una oportunidad evangelizadora enorme. Pero precisamente por eso sería una pena desperdiciarla celebrando demasiado pronto el resultado. No necesitamos fabricar referentes a toda prisa ni contabilizar experiencias como si fueran conversiones, y tampoco convertir una moda cultural en profecía autocumplida. Necesitamos evangelizar y, si alguno de esos jóvenes encuentra verdaderamente a Jesucristo, tendremos después que hacer algo mucho más lento, menos espectacular y bastante más evangélico: caminar con él hasta que se convierta en discípulo y ayudarle a encontrar una comunidad de discípulos con la que caminar.

Así que vuelvo a la pregunta del principio.

¿Están volviendo de verdad los jóvenes a la Iglesia?

No lo sé.

Sé que algunos están mirando, que otros se están acercando y que unos cuantos ya han entrado. Y eso, por supuesto, es una noticia extraordinaria.

Pero antes de organizar demasiado deprisa la fiesta del hijo pródigo, quizá convendría comprobar dos cosas: que de verdad ha llegado a casa y que, cuando abra la puerta, haya una casa a la que llegar.