12 de agosto de 2026
Evangelio Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos».
Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos».
Reflexión
Familia, el Evangelio de hoy nos enseña algo muy difícil pero profundamente cristiano, cómo afrontar el pecado y los conflictos dentro de una comunidad. Jesús no nos dice que ignoremos al que se equivoca, ni tampoco mucho menos nos dice que hay que humillarlo delante de todos. Dice: ‘primero ve y corrígelo a solas’. El objetivo no es ganar una discusión, sino ganar al hermano.
La corrección fraterna nace del amor, no del orgullo; solo corrige quien desea que el otro vuelva al camino de Dios. Cuántos problemas se evitarían si siguiéramos este método de Jesús; en lugar de murmurar, de hablar a las espaldas, de difundir los errores de los demás, iríamos directamente a la persona con respeto, humildad y deseo sincero de reconciliación.
Pero el Evangelio también reconoce que no siempre será fácil, por eso Jesús propone un camino gradual, buscando siempre la conversión antes que la condena. La Iglesia no corrige para excluir, sino para sanar, no busca perder personas, sino recuperarlas para Cristo.
El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que: “la corrección fraterna es una obra de misericordia espiritual”, porque ayudar al pecador a convertirse es una expresión concreta de la caridad.
Finalmente, Jesús nos deja una promesa llena de esperanza: ‘donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. No se trata simplemente de reunirse, se trata de hacerlo en su nombre, buscando su voluntad, la unidad y la reconciliación. Una comunidad donde hay perdón, diálogo y oración se convierte en un lugar donde Cristo está realmente presente.
Preguntémonos hoy ¿soy de los que construyen puentes o de los que levantan muros? Cuando alguien falla, ¿busco ayudarlo a levantarse o me limito a juzgarlo? Pidamos al Señor un corazón humilde, capaz de corregir con caridad y de aceptar también las correcciones que otros por amor puedan hacernos, porque una Iglesia santa no es una Iglesia formada por personas perfectas, sino por pecadores que con la gracia de Dios están dispuestos a reconciliarse y a caminar juntos hacia la santidad.
La corrección fraterna nace del amor, no del orgullo; solo corrige quien desea que el otro vuelva al camino de Dios. Cuántos problemas se evitarían si siguiéramos este método de Jesús; en lugar de murmurar, de hablar a las espaldas, de difundir los errores de los demás, iríamos directamente a la persona con respeto, humildad y deseo sincero de reconciliación.
Pero el Evangelio también reconoce que no siempre será fácil, por eso Jesús propone un camino gradual, buscando siempre la conversión antes que la condena. La Iglesia no corrige para excluir, sino para sanar, no busca perder personas, sino recuperarlas para Cristo.
El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que: “la corrección fraterna es una obra de misericordia espiritual”, porque ayudar al pecador a convertirse es una expresión concreta de la caridad.
Finalmente, Jesús nos deja una promesa llena de esperanza: ‘donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. No se trata simplemente de reunirse, se trata de hacerlo en su nombre, buscando su voluntad, la unidad y la reconciliación. Una comunidad donde hay perdón, diálogo y oración se convierte en un lugar donde Cristo está realmente presente.
Preguntémonos hoy ¿soy de los que construyen puentes o de los que levantan muros? Cuando alguien falla, ¿busco ayudarlo a levantarse o me limito a juzgarlo? Pidamos al Señor un corazón humilde, capaz de corregir con caridad y de aceptar también las correcciones que otros por amor puedan hacernos, porque una Iglesia santa no es una Iglesia formada por personas perfectas, sino por pecadores que con la gracia de Dios están dispuestos a reconciliarse y a caminar juntos hacia la santidad.
QUE TENGAN UN MUY BUEN DÍA Y CON LA GRACIA DE DIOS, VAMOS QUE SE PUEDE
