27 de octubre de 2026
Evangelio Lucas 13, 18-21
En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas».
Y dijo de nuevo: «¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa».
Y dijo de nuevo: «¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa».
Reflexión
Lo que leemos hoy en el Evangelio parece desconcertante. Jesús compara la semilla más pequeña que se puede encontrar con el Reino de Dios. Me lo imagino poniendo en su dedo índice esa pequeña semilla de mostaza mientras explicaba. Parece incomprensible, pero en esta enseñanza Jesús nos revela que la obra divina no requiere de grandes escándalos ni de éxitos deslumbrantes, sino de la fidelidad paciente en lo escondido y en lo pequeño.
Cuánta falta hace entender esto en nuestros tiempos, cuando vivimos en una constante ansia de resultados inmediatos y una gran tentación por el protagonismo. Y es que es fácil desanimarse cuando los esfuerzos de conversión, el trabajo por hacer el bien o el testimonio diario parecen no dar frutos visibles a corto plazo.
Sin embargo, el crecimiento interior no sigue nuestros ritmos; la gracia actúa desde dentro, de manera imperceptible pero profunda, transformando gradualmente toda la existencia cuando se le permite echar raíces en el silencio, cuando se le riega, se le cuida y se le abona.
Ser levadura y semilla de mostaza se demuestra en el valor que damos a las obras hechas con pureza de intención, por insignificantes que parezcan. Perseverando en la oración fiel aun cuando no sintamos una respuesta inmediata. Se demuestra al sembrar bondad en entornos áridos y al cumplir los deberes ordinarios con amor.
Quien confía en la fuerza de la levadura no busca deslumbrar, sino fermentar la masa desde el corazón con cosas pequeñas. San Francisco de Sales decía, ‘no busques hacer cosas grandes. Haz las cosas pequeñas con un gran amor, porque la humildad de la semilla da origen al árbol’.
Hay que tener paciencia en nuestro camino espiritual, caminar sin prisa, pero nunca dejar de caminar. El Sembrador sembró la semilla en nosotros, pero nosotros debemos ser tierra fértil, cuidarla, atenderla, procurarla; asegurar que nada impida que siga creciendo. Si es así, los frutos se darán, quizá no siempre los veremos, pero ten por seguro que si la cuidas, el Señor hará lo propio. Su gracia fermentará esa humilde entrega a su debido tiempo.
Cuánta falta hace entender esto en nuestros tiempos, cuando vivimos en una constante ansia de resultados inmediatos y una gran tentación por el protagonismo. Y es que es fácil desanimarse cuando los esfuerzos de conversión, el trabajo por hacer el bien o el testimonio diario parecen no dar frutos visibles a corto plazo.
Sin embargo, el crecimiento interior no sigue nuestros ritmos; la gracia actúa desde dentro, de manera imperceptible pero profunda, transformando gradualmente toda la existencia cuando se le permite echar raíces en el silencio, cuando se le riega, se le cuida y se le abona.
Ser levadura y semilla de mostaza se demuestra en el valor que damos a las obras hechas con pureza de intención, por insignificantes que parezcan. Perseverando en la oración fiel aun cuando no sintamos una respuesta inmediata. Se demuestra al sembrar bondad en entornos áridos y al cumplir los deberes ordinarios con amor.
Quien confía en la fuerza de la levadura no busca deslumbrar, sino fermentar la masa desde el corazón con cosas pequeñas. San Francisco de Sales decía, ‘no busques hacer cosas grandes. Haz las cosas pequeñas con un gran amor, porque la humildad de la semilla da origen al árbol’.
Hay que tener paciencia en nuestro camino espiritual, caminar sin prisa, pero nunca dejar de caminar. El Sembrador sembró la semilla en nosotros, pero nosotros debemos ser tierra fértil, cuidarla, atenderla, procurarla; asegurar que nada impida que siga creciendo. Si es así, los frutos se darán, quizá no siempre los veremos, pero ten por seguro que si la cuidas, el Señor hará lo propio. Su gracia fermentará esa humilde entrega a su debido tiempo.
QUE TENGAN UN MUY BUEN DÍA Y CON LA GRACIA DE DIOS, VAMOS QUE SE PUEDE
