13 de octubre de 2026
«Todos los sacerdotes tenemos esos momentos. A veces la sentimos al cambiar de parroquia y otras porque necesitamos cambiar. Vivimos mucha incomprensión y mucha presión. Nuestra vida tiene estas cosas. También nosotros pasamos depresiones, estrés y ansiedad. Hay sacerdotes que se han suicidado»
Estos días he cumplido catorce años siendo sacerdote y me ha venido a la mente varias veces una pregunta: ¿volvería yo a ser cura? El otro día escuché a Alberto Linero, un sacerdote colombiano que se secularizó, contar que el motivo fue que se vio y se sintió totalmente solo. “Pobre hombre”, pensé. No sé su historia pero me puedo imaginar que habría pasado momentos fuertes de lucha. También se que estas redes sociales no son buenas compañeras cuando se está mal. Los números son un engaño, amigos. Uno se puede sentir solo aunque tenga diez millones de seguidores. Hace tres años viví unos meses terribles. Me encontraba en una parroquia nueva y no sabía qué hacer. Me veía muy incapaz. Todo se me hacía difícil y pesado. Abría la puerta por las mañanas y apenas nadie venía. Cerraba por las noches y pensaba, “¿qué hago ahora?”. Después de doce años en otro lugar, y acostumbrado a mucho ritmo, de repente todo en la vida había cambiado. Estaba acostumbrado a ver a cada día a las mismas personas, a atender los mismos grupos y comunidades, a organizar las mismas actividades. De la noche a la mañana todo eso había cambiado. Dejé de ver el sentido a lo que hacía. Venía además de un tiempo de depresión que se agravó. Me sentía totalmente solo. Una desazón terrible. Lloraba por la noche en mí capilla. Hay un cántico en la Sagrada Escritura que habla de “una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos”. Así es como yo describo aquellos meses. Aullidos horrorosos. Al final de la conversación la señora me preguntó: “¿usted cree que hay Dios?”. Esas palabras me traspasaron. No puedo olvidarlas. ¿Cómo responder yo a esa pregunta en medio de tanto sentimiento de soledad? Un día entró a la iglesia una señora llorando. Llevaba mucho peso en el corazón. La estuve escuchando. No pensé la respuesta, recuerdo que lo que la dije me salió del alma: “Por eso he venido y estoy aquí”. Aquella pregunta no era de la señora, era un tremendo escrute al corazón que el Señor me hacía: “¿Me amas aunque estés así? ¿O me amas solo cuando las cosas van bien y hay fruto?”. “Te quiero, Señor. Esté aquí o esté allí. Sé que me has llamado. Sé que me quieres. Y sé que eres fiel”. Así que, sí, volvería a ser sacerdote. Volvería a marcharme al Seminario. Volvería a prometer fidelidad a Dios. Volvería a decir que quiero entregar la vida. Sin dudarlo. Pero no porque yo sea bueno, que no lo soy, sino porque Dios es muy bueno conmigo. Me sostiene cada día. Él ha sido fiel cuando yo no lo era. Su presencia silenciosa en el Sagrario es mi ayuda, Él está en los momentos buenos y los malos. ¿Alberto Linero se sintió solo? Normal. No me extraña. Todos los sacerdotes tenemos esos momentos. A veces la sentimos al cambiar de parroquia y otras porque necesitamos cambiar. Vivimos mucha incomprensión y mucha presión. Nuestra vida tiene estas cosas. También nosotros pasamos depresiones, estrés y ansiedad. Hay sacerdotes que se han suicidado. Sentimos soledad cuando hay épocas que hay muchos problemas en las parroquia. La sentimos a la hora de tomar decisiones difíciles. Pero, ¿sabes qué? Eso también le pasa a cualquier persona. ¿O tú qué te has casado o que vives con tu familia no sientes nunca soledad? ¿Acaso solo los curas lo pasamos mal? Es bueno desmitificar. Creo que no ayuda esa imagen que hay de nosotros como si fuéramos Superman. Los sacerdotes sufrimos, y eso no significa que no estemos felices de ser curas. Pero tampoco es que solo suframos nosotros. No pasa nada. En todo este tiempo no me han faltado mis hermanos de comunidad que me preguntaban cómo estaba y venían a verme. No me han faltado hermanos sacerdotes de mi grupo de vida que me esperaban para cenar y rezaban conmigo cuando a mí no me salían las palabras. Dios no me quitó la noche. Me mandó hermanos para atravesarla. Después de catorce años he aprendido que la fidelidad no es mérito propio, sino en buena parte fruto de la gracia y de las mediaciones concretas que Dios pone. Dios es fiel. Seguirle apasionante. Y me queda un año menos para celebrar la Pascua en el Cielo. Y a ti también. Ahí está la gran y definitiva esperanza.
