29 de septiembre de 2026

Los nazis fueron a detenerlo, escapó de Alemania y llegó a Argentina sin saber español. Allí realizó una histórica traducción de la Biblia.

Un domingo de 1937, la policía secreta del régimen nazi fue a detener a un sacerdote alemán. No lo encontró: había ido a visitar a un enfermo en el sanatorio infantil que él mismo había levantado, a treinta kilómetros de la frontera suiza. Le avisaron por teléfono, cogió un tren con un portafolios y un paraguas, y al día siguiente las fronteras de Alemania quedaron cerradas para él. La tarde del Domingo de Pascua de 1940, un seminarista argentino lo vio aparecer en la portería del seminario de La Plata (argentina) «con el mismo portafolios y con el mismo paraguas con que se había ido a Suiza». Se llamaba Juan Straubinger, no sabía español y le quedaban once años de vida. En ellos dio al mundo hispanohablante la primera traducción completa de la Biblia hecha en América desde el hebreo y el griego.  La editorial Páginas Contrarrevolucionarias  acaba de publicar en España Espiritualidad Bíblica, el libro donde ese mismo hombre enseña a rezar el Libro que tradujo. Hablamos con su editor, Marcos Vera Pérez.

—¿Por qué querían detenerlo los nazis? – En 1937 el régimen había desatado una campaña de calumnias contra la Iglesia, y la respuesta fue una carta larguísima que se leyó un domingo, a la vez, en todas las iglesias de todas las diócesis de Alemania. Piense en el problema: hacer llegar ese texto a cada parroquia sin que lo intercepte la policía secreta. Straubinger fue quien organizó ese reparto, y burló al sistema de control de uno de los aparatos policiales totalitarios más perfectos que han existido. Ya se había enfrentado a ellos desde 1933, cuando quisieron apoderarse de la red asistencial que él había creado.
—¿Y la carta era suya? – No, y eso es lo que más dice de él. Años después, ya en Argentina, le confesó a su discípulo más cercano que no había sido él quien la escribió: solo quien organizó su distribución. Arriesgó la vida repartiendo un texto ajeno, y la única vez que habló de ello fue para aclarar que el mérito no era suyo.
—¿Quién era antes de aquello? – Una de las cabezas mejor formadas del catolicismo alemán: el primero de una promoción de treinta y nueve alumnos en Tubinga, doctor en Lenguas Orientales y en Historia Comparada de las Religiones el mismo año, alumno del Bíblico de Roma, hebraísta, arabista, y hablaba turco porque lo aprendió de capellán de la marina alemana con la flota varada. Cuando llegó al seminario de La Plata, los seminaristas se decían unos a otros: «parece que sabe mucho… habla más de una docena de lenguas».
—Y con ese currículum pasó veinte años en Cáritas… – Ahí está la clave de todo. Levantó un sanatorio de cuatrocientas camas para niños tuberculosos, y en esos veinte años entre pobres y enfermos descubrió algo que le cambió la cabeza: que había vivido siempre en un mundo de especialistas y para especialistas, y que existía una caridad que no había practicado nunca, la caridad intelectual. Hacer llegar el pan del espíritu a los pequeños. En 1933 fundó en Stuttgart un movimiento bíblico popular con un lema que lo resume: «la Biblia al pueblo, a través del sacerdote». Hitler acabó paralizando la obra y mandó destruir la casa donde se alojaba.
—Llega a Argentina sin saber español. – Lo aprendió durante la travesía en barco, y llegó a hablarlo sin errores y sin acento, aunque despacio. Le dieron una parroquia en el límite con Bolivia y allí, en ese rincón perdido, fundó la Revista Bíblica, de donde nace el movimiento bíblico argentino. Después, La Plata: once años enseñando Escritura, Patrología, griego y hebreo, diez horas diarias, todos los días del año. En once años se tomó vacaciones una sola vez. Decía que «hay que aprovechar hasta los cinco minutos».
—¿Y por dónde empezó con la Biblia? – Por algo muy revelador. Su primer trabajo no fue traducir, fue separar el texto sagrado de las notas en la vieja versión castellana de Torres Amat, donde los comentarios iban intercalados. Él lo explicaba así: que era un obstáculo para la lectura pública, porque los oyentes no podían distinguir cuáles eran las palabras del autor sagrado y cuáles las del intérprete. Y solo después emprendió lo grande: la primera traducción completa al castellano hecha en el Nuevo Mundo desde los originales, anotada para la vida. Es la Biblia Platense.
—¿Y la leyó la gente, o fue cosa de especialistas? – De especialistas, nada. El arzobispo de La Plata prologaba en 1942 una nueva edición del Nuevo Testamento explicando por qué había que reimprimirlo: la anterior, de diez mil ejemplares, se había agotado en menos de un año. Esa Biblia no ha dejado de reeditarse desde entonces, también en España. Y la Universidad de Münster le dio el doctorado honoris causa y la medalla Bene merenti: la laudatio lo llamaba «el Jerónimo de toda América del Sur».
—Volvió a Alemania y ya no regresó. – Volvió en 1951 con la salud rota; lo operaron y los médicos le desaconsejaron el viaje de vuelta, aunque esa era su intención. Murió en Stuttgart en 1956. Está enterrado en el cementerio de su pueblo bajo una lápida sencilla con tres fechas —nacimiento, ordenación y muerte— y una imagen de la Virgen con una oración tallada en la piedra: «Madre de los sacerdotes, ¡ruega por nosotros!».
—Vamos al libro. ¿Qué es Espiritualidad Bíblica? – Lo publicó en Buenos Aires en 1949, en plena faena de traducción. No es un tratado de exégesis: son los trabajos que fue publicando en la Revista Bíblica, incluida una sección donde contestaba a lectores corrientes con sus dudas y sus penas —él cuenta que la gente recortaba aquellas respuestas para guardarlas—. Es el hombre que tradujo la Biblia enseñando cómo se reza con ella. Y sus cuatro partes no son un índice: coinciden con los ejes de toda su vida, la paternidad de Dios, Cristo centro de la Escritura, el amor a la Biblia entera y la esperanza en la Segunda Venida.
—Sorprende encontrar una parte de escatología en un libro de espiritualidad. – Hay que leerla sabiendo desde dónde escribe: un exiliado que ve desde lejos cómo su país y Europa se hunden. En La Plata se veía repetidamente con el padre Leonardo Castellani para discutir los pasajes difíciles del Apocalipsis, y hace una observación demoledora: a Daniel Dios le manda sellar el libro, y en cambio al Apocalipsis se le dice expresamente no selles las palabras de esta profecía. Dios nos dejó ese libro deliberadamente abierto, y hemos sido nosotros los que lo hemos cerrado.
—¿Algo que sorprenda a un lector de hoy? Un capítulo se titula «Biblia y psicoanálisis». En 1949, con el psicoanálisis en plena moda, Straubinger escribe que el gran psicoanálisis está en la Biblia, porque solo ella enseña a desnudar entero el corazón, y que exige lo mismo que un psicoanalista: sinceridad. Y da la vuelta al refrán: si el que se excusa se acusa, delante de la Biblia el que se acusa se excusa.
—Hay un reproche suyo que sigue vivo.– Este, de 1949: «¿Puede haber todavía católicos que crean que la Biblia es un libro protestante que no le está permitido leer a un hijo de la Iglesia católica? ¡Qué daño tan inmenso para la espiritualidad resultó de ese infundado temor!» Y recuerda lo contrario: los institutos bíblicos de Roma y Jerusalén, las indulgencias concedidas por leer el Evangelio. Cita a un obispo francés con una frase que es un martillazo: «En el catecismo no está todo el Evangelio». Sería insensato renunciar a un remedio de vida eterna porque alguien lo haya adulterado. El mal nunca está en el remedio.
—¿A quién se lo recomienda? – A sacerdotes, porque cada capítulo es una meditación cerrada y funciona muy bien para la homilía; a seminaristas y catequistas; y a cualquier laico con una formación mínima, porque no hace falta saber griego ni hebreo. Son 218 páginas, un capítulo al día durante medio año. Esta edición es la primera española, lleva un estudio preliminar del P. Gabriel Calvo Zarraute y en apéndice la encíclica Divino Afflante Spiritu, de Pío XII, firmada un 30 de septiembre, el día de San Jerónimo.