14 de septiembre de 2026
Evangelio Lucas 7, 1-10
En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido. Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: «Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga». Jesús se puso en marcha con ellos.
Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ¡Ve!, y va; a otro: ¡Ven!, y viene; y a mi criado: ¡Haz esto!, y lo hace».
Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: «Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande». Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano.
Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ¡Ve!, y va; a otro: ¡Ven!, y viene; y a mi criado: ¡Haz esto!, y lo hace».
Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: «Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande». Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano.
Reflexión
Quién fuera tan afortunado para estar presente en un acontecimiento como éste, donde Jesús demuestra a los ojos de todos que la salvación que nos trae es para todo el que lo acepte como es y crea en Él, así de fácil y de difícil.
En esta ocasión vemos a este oficial romano que se sale totalmente del molde en el que podríamos meter a todos los soldados romanos, un soldado que para empezar quería mucho a su criado, esto era realmente excepcional, pues los criados para ellos no valían nada, la disciplina romana se ejercía con severidad y según la ley romana, el esclavo era considerado propiedad y carecía de derechos comparables a los de una persona libre. La benevolencia de este soldado romano no quedaba limitada a aquellos que le servían, como ese criado que quería tanto, sino que también la ejercía hacia todo el pueblo judío, como los ancianos de los judíos le mencionan a Jesús al interceder por él cuando le dicen ‘quiere mucho a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga’.
Qué maravilla sería que todos los que viven en nuestro entorno se pudieran expresar así de nuestra persona, él, sin ser un abierto seguidor de Cristo, se comporta como alguien lleno de misericordia y de amor. Al hacer esta extraordinaria proclamación sobre Jesús, pidiendo a través de terceras personas que sanara a su criado y que bastaba que dijera una palabra para sanarlo, él expuso su reputación y orgullo ¿cómo un oficial romano pediría eso a un judío?
Su fe en Jesús, expresada en esta extraordinaria exclamación, le valió para ser tremendamente elogiado por Jesús “ni en Israel he hallado una fe tan grande” para luego quedar perpetuada en el oficio de la misa cuando repetimos después de la consagración “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanar mi alma”.
San Jerónimo reconoce que esta aclamación del centurión es totalmente opuesta a la petición que otros personajes bíblicos hacen, “ven a mi casa y pon la mano sobre mi hijo”, para él, Cristo es el dueño de la creación y por lo tanto una sola palabra suya será suficiente para que sea obedecida.
Hoy es un buen día para participar en la Eucaristía y decirle a Jesús desde el fondo de nuestro corazón “una palabra tuya bastará para que ……..” y poner ahí los anhelos que hay en tu corazón, rompe la rutina y abre tu corazón ante tu Señor, ante su corazón que solo quiere lo mejor para ti.
En esta ocasión vemos a este oficial romano que se sale totalmente del molde en el que podríamos meter a todos los soldados romanos, un soldado que para empezar quería mucho a su criado, esto era realmente excepcional, pues los criados para ellos no valían nada, la disciplina romana se ejercía con severidad y según la ley romana, el esclavo era considerado propiedad y carecía de derechos comparables a los de una persona libre. La benevolencia de este soldado romano no quedaba limitada a aquellos que le servían, como ese criado que quería tanto, sino que también la ejercía hacia todo el pueblo judío, como los ancianos de los judíos le mencionan a Jesús al interceder por él cuando le dicen ‘quiere mucho a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga’.
Qué maravilla sería que todos los que viven en nuestro entorno se pudieran expresar así de nuestra persona, él, sin ser un abierto seguidor de Cristo, se comporta como alguien lleno de misericordia y de amor. Al hacer esta extraordinaria proclamación sobre Jesús, pidiendo a través de terceras personas que sanara a su criado y que bastaba que dijera una palabra para sanarlo, él expuso su reputación y orgullo ¿cómo un oficial romano pediría eso a un judío?
Su fe en Jesús, expresada en esta extraordinaria exclamación, le valió para ser tremendamente elogiado por Jesús “ni en Israel he hallado una fe tan grande” para luego quedar perpetuada en el oficio de la misa cuando repetimos después de la consagración “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanar mi alma”.
San Jerónimo reconoce que esta aclamación del centurión es totalmente opuesta a la petición que otros personajes bíblicos hacen, “ven a mi casa y pon la mano sobre mi hijo”, para él, Cristo es el dueño de la creación y por lo tanto una sola palabra suya será suficiente para que sea obedecida.
Hoy es un buen día para participar en la Eucaristía y decirle a Jesús desde el fondo de nuestro corazón “una palabra tuya bastará para que ……..” y poner ahí los anhelos que hay en tu corazón, rompe la rutina y abre tu corazón ante tu Señor, ante su corazón que solo quiere lo mejor para ti.
QUE TENGAN UN MUY BUEN DÍA Y CON LA GRACIA DE DIOS, VAMOS QUE SE PUEDE
