11 de septiembre de 2026

Evangelio Lucas 6, 39-42

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: «¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.
¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano».

Reflexión

Este pasaje del Evangelio nos invita a mirarnos por dentro con mucha honestidad, a través de dos imágenes muy claras: la de un ciego intentando guiar a otro ciego y la de alguien que intenta sacar la paja del ojo de su hermano, mientras tiene una enorme viga atravesada en el suyo. Jesús utiliza un tono de advertencia muy directo para confrontar nuestra manía de señalar las fallas ajenas, mientras disimulamos o ignoramos las faltas propias.
En la rutina ordinaria, esta actitud se atraviesa casi siempre en nosotros sin darnos cuenta, es facilísimo convertirse en ese guía ciego cuando repartimos consejos a todo mundo sobre cómo deben actuar los demás, pero nosotros no aplicamos nada de eso a nuestra propia conducta. Caemos en el juego de la paja y la viga cada vez que gastamos energía criticando la impuntualidad, el mal carácter o los descuidos de quienes nos rodean, mientras pasamos por alto nuestra propia impaciencia, nuestro orgullo o la falta de amabilidad con la que algunas veces respondemos.
Vivir este Evangelio requiere un cambio de enfoque muy concreto. Se va a empezar a notar cuando al momento de tropezarte con el error de un conocido o de un compañero de trabajo, en lugar de juzgarlo duramente o salir a contárselo a otros, prefieres hacer una pausa y revisar primero tu propia persona y tu propio corazón. Significa también cambiar la costumbre de apuntar con el dedo, señalar por la humildad de corregirte a ti mismo, recordando que solo quien aprende a mirar sus propias fallas con sinceridad, puede mirar las de los demás con verdadera compasión.
San Antonio Abad lo expresaba con una gran verdad contundente: “Ver tus propios pecados es un milagro”. Debemos aprender a poner un freno a la crítica fácil cuando sintamos la tentación de señalar el fallo de alguien en las actividades ordinarias, detengámonos a pensar y preguntémonos ¿en qué debemos mejorar primero nosotros? Cambiar el juicio por la comprensión y darnos la oportunidad de ser un reflejo de paciencia antes que un juez de los demás.
QUE TENGAN UN MUY BUEN DÍA Y CON LA GRACIA DE DIOS, VAMOS QUE SE PUEDE