09 de septiembre de 2026

Durante casi 30 años, José Ignacio y Claudia construyeron un matrimonio con alegrías, hijos, proyectos y dificultades propias de la vida en común. Pero hace unos seis años llegó una prueba que ninguno esperaba: a Claudia le diagnosticaron Alzheimer de inicio temprano a los 44 años. Desde entonces, José Ignacio ha tenido que aprender una nueva manera de amar: más profunda, más entregada, una que reafirma su vocación y su deseo de llegar al cielo junto a Claudia. “Soy un hombre eternamente enamorado de su esposa, un padre de familia que, antes de estar enamorado de su esposa, es un hijo de Dios que ha encontrado en l camino respuestas a muchas preguntas, precisamente en el dolor”, relató en entrevista con ACI Prensa. La enfermedad de Claudia ha cambiado muchas cosas en su matrimonio, pero, asegura, no ha cambiado la promesa que hicieron el día de su boda. “El amor es una decisión. El amor no es un sentimiento. El amor es una decisión y tienes que decidir amar a diario”, afirma. Su historia es, para él, una oportunidad de hablar de la belleza del matrimonio católico y de una promesa que no está condicionada a que todo vaya bien. Es la historia de un esposo que, en medio del cansancio, el dolor y la incertidumbre, intenta permanecer junto a la mujer con quien decidió compartir su vida.

“Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz” José Ignacio y Claudia, ambos mexicanos, se conocieron gracias a una cita a ciegas el 31 de agosto de 1997. Cuando él la vio por primera vez, recuerda haber pensado “wow”. Con el tiempo descubrieron que compartían muchos gustos y, sobre todo, que disfrutaban estar juntos. Se casaron el 20 de marzo de 1999 en la parroquia Santa Engracia, de la Arquidiócesis de Monterrey (México). Claudia tenía 24 años y José Ignacio 28. Formaron una familia con tres hijos, que son su orgullo: María José, Federico José y Anaisabel. Actualmente viven en Houston, Texas, tienen un pequeño nieto de seis meses y esperan la llegada de otros dos. Desde su noviazgo y a lo largo de su vida matrimonial han vivido una fe sólida. “Íbamos a Misa diariamente desde que nos casamos”, cuenta José Ignacio, quien asegura que ambos eran conscientes de que su camino como esposos tenía una dirección mucho más grande que ellos mismos: el cielo. “Dios nos regaló 30 años de un matrimonio muy feliz, con contratiempos como todos”, dice. En la boda, el sacerdote les soltó una frase que José Ignacio todavía recuerda: “Entraron solteros, van a salir para siempre unidos en una sola persona”. Ellos se miraron y entendieron que aquella unión no era solamente una expresión bonita. “Es que somos uno”, pensaron. Con el paso de los años llegaron los hijos, las responsabilidades y también los momentos difíciles. “Obviamente hubo cosas desagradables. Pero ya no las recuerdo, porque mi esfuerzo es verla siempre con amor y que ese amor crezca”, afirma.

El diagnóstico que cambió sus vidas Claudia tenía 44 años cuando recibió el diagnóstico de Alzheimer de inicio temprano. José Ignacio ya había comenzado a notar algunas confusiones, pero las atribuía al cansancio. La enfermedad, además, no era completamente desconocida para la familia: tanto su madre como su suegra la habían padecido.  Fue durante una consulta médica cuando un neurólogo advirtió señales que llevaron a realizar nuevas evaluaciones. El diagnóstico fue devastador. El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que, con el tiempo, lleva a la muerte. Según el sitio web del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos (HHS), esta enfermedad “destruye lentamente la memoria y la capacidad de pensar y, con el tiempo, la habilidad de llevar a cabo hasta las tareas más sencillas”. Asimismo, las “personas con Alzheimer también experimentan cambios en la conducta y la personalidad”. Se calcula que más de 6 millones de personas que viven en los Estados Unidos, muchos de 65 años o más, tienen Alzheimer. De acuerdo a Mayo Clinic, el Alzheimer de aparición temprana afecta a 41 de cada 100.000 personas entre los 30 y los 64 años.Esta enfermedad tiene un impacto en muchas más personas, como los familiares del paciente y principalmente quien asume el rol de cuidador, como es el caso de José Ignacio.

Cuidado a tiempo completo El tratamiento de Claudia empezó al poco tiempo del diagnóstico. La enfermedad no tiene cura, pero el tratamiento ayuda a ralentizar su avance. Claudia recibe un tratamiento por infusión en el hospital cada dos semanas, o incluso con mayor frecuencia. Durante los primeros años, el deterioro no fue tan evidente. Sin embargo, José Ignacio explica que en los últimos dos años la enfermedad se hizo mucho más perceptible, especialmente en la orientación y en la ejecución de tareas simples. La memoria, explica, todavía conserva muchos recuerdos. Pero otras capacidades han comenzado a desaparecer y con ellas también ha cambiado la dinámica familiar. José Ignacio dejó su trabajo en el sector financiero y hoy se dedica a tiempo completo a cuidar a Claudia.

“El matrimonio es hacer feliz a tu esposa” Para José Ignacio, sin embargo, hay algo que no ha cambiado: la presencia de Dios. “Cuando tienes a Dios en medio, Dios habita en medio de los esposos cristianos y nunca los deja”, sostiene. Por eso entiende el matrimonio no simplemente como una convivencia o como un sentimiento que permanece mientras las circunstancias son favorables. “El matrimonio es hacer feliz a tu esposa y el papel de tu esposa es hacerte feliz. A tu esposa hay que dedicarte y decidirte a amarla diario, porque ese amor lo tienes que alimentar”, explica. La enfermedad hizo todavía más evidente para él el sentido de una promesa. “Cuando te casas haces una promesa. Es una promesa, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”, recuerda. La adversidad, dice, no es algo que los novios suelen imaginar cuando se casan, pero forma parte de la vida. “La enfermedad llega. Lo último que piensas es en una enfermedad, pero la realidad en el matrimonio es que, la enfermedad en la que prometes estar, llega. Va a llegar de uno o del otro y tarde o temprano”.

“Dios no manda sufrimientos” José Ignacio rechaza la idea de que Dios sea quien envía el sufrimiento. “Dios no manda sufrimientos. Los sufrimientos pasan porque así es la vida. Todo lo contrario. Dios está contigo en el sufrimiento y no le gusta verte sufrir y llora contigo y te da la alegría y trata de darte la alegría de salir adelante y te da la fortaleza”, afirma. Esa convicción es la que, según cuenta, le permite hacer cada día cosas que muchas veces siente que no podría realizar por sí mismo. Bañar a Claudia, vestirla, acompañarla y ayudarla en sus actividades cotidianas se han convertido en parte de su vida. “Yo poder cuidar a Claudia solo, no puedo. Me gana el dolor. Sin embargo, Dios lo hace, no es mérito propio. Dios cuida de Claudia”, asegura. Incluso hay momentos aparentemente pequeños que para él expresan la dignidad con la que quiere seguir tratando a su esposa: “Yo la maquillo porque tiene que salir con la dignidad de una reina. Y Dios es el que hace eso a través de mí”. “Yo hacerlo solo no podría. Yo sin Dios no soy nada”, subraya.

San José y una nueva forma de cuidar Cuando comenzó la enfermedad, José Ignacio recurrió especialmente a San José. “San José, ayúdame a cuidar de Claudia. ¿Cómo tú cuidarías de la Virgen si la Virgen tuviera Alzheimer? Igualito, idéntico. No me dejes fallar”, le pide siempre. San José se convirtió así en un modelo de esposo y cuidador: un hombre llamado a proteger y servir sin protagonismo. Sin embargo, José Ignacio confiesa que no es nada fácil. “No quiero mentirte al decirte que no me canso, que no hay ganas de correr, de salir corriendo, sería mentirte”, reconoce.

Amar incluso cuando la enfermedad cambia al otro Uno de los aspectos más difíciles del Alzheimer es la pérdida progresiva de la reciprocidad que caracteriza la vida matrimonial. “Yo sé que quizá ella por su misma enfermedad pues a veces no pueda tener esa reciprocidad que uno espera, pero yo la busco en pequeños gestos”, afirma. Para José Ignacio, el amor no desaparece cuando el otro deja de poder responder de la misma manera. Al contrario, es entonces cuando la promesa matrimonial adquiere un significado nuevo. “El amor auténtico tiene la nota de perennidad, de gastarse, de desgastarse y darse hasta donde ya no puedes dar… pero mientras vivas vas a poder dar”, sostiene. José Ignacio también ha tenido que aprender a cuidarse para poder cuidar. Su rutina incluye acompañamiento profesional y espiritual durante la semana, además del apoyo de amigos y familiares. Pero señala que hay una prioridad por encima de todas: “La primera, la espiritual. Si no tienes, si no te aferras a tu vida espiritual, a Dios, no puedes. Somos criaturas de Dios. Pues sin Dios somos la nada”.