10 de agosto de 2026

Evangelio según san Juan 12, 24-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».

«Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor»

Reflexión del Evangelio de hoy

«Dios ama al que da con alegría» Este texto de san Pablo, en la fiesta de san Lorenzo, no habla de persecución ni martirio, como en otros textos del Apóstol, habla de generosidad. El martirio, es triunfo del mártir y una derrota de la condición humana a la que pertenece el verdugo. En realidad no se es mártir solo por ser asesinado por su fe; mártir es el testigo con su vida y su palabra de, en nuestro caso, la fe en Cristo. Y por eso es asesinado. San Lorenzo fue mártir por profesar, testificar y vivir su fe. En su caso como diácono se dedicó a atender a los necesitados. Ese fue el servicio de su vida. Servicio realizado desde la generosidad. No olvidemos que Jesús manifiesta en el episodio de la mujer pobre que deja su limosna en el templo, que la generosidad no se mide por lo que se da, sino por lo que uno reserva para sí. La generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Y lo es en la medida de esa generosidad. La generosidad beneficia, pues, tanto al que recibe la ayuda, como al que la ofrece. La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla. La generosidad es una exigencia de la condición humana, del sentido social, comunitario de toda persona humana. Puede entenderse que es algo esencial del genus humano, de lo propio de nuestro género. No ser generoso es ser inhumano. Preguntarnos, por tanto por el nivel de nuestra generosidad, es preguntarse por el nivel de nuestra condición humana. Hemos de formularnos esa pregunta al celebrar a quien no dejó nada para sí, ni el vivir, para tener todo, a Dios.

«Dichoso el que se apiada y presta» El estribillo del salmo repite y alude al premio de ser generoso, que no es más que la dicha, la felicidad. Algo totalmente contrario a la felicidad del avaro, que consiste en verse rodeado de riquezas, en medio de los pobres: no es felicidad humana, es felicidad inhumana, demoníaca. El generoso, dice el salmo, “alzará la frente con dignidad”. Porque sí, se trata de la dignidad de la condición humana; de esa “Magnifica humanitas” de la que nos habla León XIV.

«A quien me sirva, el Padre lo honrará» El texto evangélico está en la línea de lo que indican las lecturas anteriores. La generosidad de san Lorenzo llega a enterrarse, a superar el amor a sí mismo, o mejor a entender que el amor a sí mismo, irrenunciable para toda persona, consiste en perderse él bajo tierra, en lo oculto, para ser fecundo, provechoso para lo demás. Por eso aceptó el martirio.  No sería inútil su martirio: sería semilla de cristianos. El último servicio que hacía. Él, que como diácono, fue instituido como tal para servir a la comunidad. La sirvió con su generosidad, que llegó hasta ofrecer su vida. Cuando celebramos uno o varios mártires, no debemos olvidar que s. Pablo VI, en la homilía de canonización de los mártires de Uganda, pedía que por la intercesión de ellos se regenerara la vida civil en el país para que todos fueran libres para profesar su religión. Y es que donde hay mártires, hay verdugos. Y no podemos desear que existan verdugos.

QUE TENGAN UN MUY BUEN DÍA Y CON LA GRACIA DE DIOS, VAMOS QUE SE PUEDE