07 de agosto de 2026
Evangelio Mateo 16, 24-28
Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces dará a cada uno lo que merecen sus obras.
Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey»
Reflexión El pasaje del Evangelio de hoy nos presenta una de las invitaciones más exigentes y, a la vez, más liberadoras de Jesús, la de negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirlo. En una sociedad que constantemente nos empuja a buscar el éxito rápido, la comodidad absoluta y el desentenderse de los problemas de los demás, las palabras de Jesús resuenan con una fuerza que va contracorriente: Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien la pierda por causa de Él, la encontrará.
Suena raro cuando ninguno de nosotros quiere perder, al contrario, el mundo es cada vez más competitivo, pero llevar esto al terreno de nuestra vida diaria, no significa tampoco buscar el sufrimiento por el sufrimiento mismo como tal, sino aprender a amar al estilo de Jesús en todas nuestras relaciones.
Tomar la cruz significa muchas veces vencer el egoísmo de querer tener siempre la última palabra o tener siempre la razón, significa tener la paciencia de escuchar cuando debemos permanecer callados o renunciar a la comodidad personal para atender una necesidad. Negarse a uno mismo se traduce en trabajar con honestidad, aunque nadie nos esté mirando; no pisotear a otros para ascender de puesto y ser capaces de sacrificar un poco de nuestro tiempo o intereses para echarle la mano a ese compañero que la está pasando mal, que cometió un error o que está menos favorecido.
San Agustín explicaba el sentido de esta enseñanza de una manera muy profunda y decía, cuando Jesús te pide que te niegues a ti mismo, no te está pidiendo que te destruyas, sino que te transformes. El que se ama a sí mismo de manera egoísta se pierde, pero el que se olvida de su propio orgullo por amar a los demás se encuentra.
Decía san Agustín, no busques cruces extraordinarias, toma la cruz de tus deberes diarios, la de soportar con paciencia los defectos ajenos y la de vencer tus propias comodidades. Jesús nos invita a no tener miedo al sacrificio que exige el amor auténtico, porque éste produce vida.
Hay que buscar cambiar la lógica del yo primero, por la del servicio. Cuando en tu casa o en tu trabajo surja una oportunidad de ayudar, que te exija incomodarte o dejar a un lado tus propios planes, acéptala con generosidad. La vida del cristiano no se mide por lo que acumula o asegura para sí mismo, sino por la capacidad de gastarse con alegría por el bien de los demás.
QUE TENGAN UN MUY BUEN DÍA Y CON LA GRACIA DE DIOS, VAMOS QUE SE PUEDE
