31 de julio de 2026
Al celebrar el centenario de la presencia trinitaria en Madagascar, la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos renueva la conciencia de su identidad misionera.
El 4 de junio de 1926, pocos días después de la solemnidad de la Santísima Trinidad, el primer grupo de religiosos trinitarios partió de Roma acompañado por el entonces Ministro General, el padre Francisco Javier de la Inmaculada Concepción, animado por el deseo de anunciar el Evangelio, dar testimonio de la caridad redentora y encarnar el carisma trinitario en una nueva tierra de misión.
«Aquel momento representó mucho más que una simple expansión geográfica de la Orden. Hoy, al mirar aquella partida, podemos reconocer en aquellos hermanos y en todos los religiosos y religiosas trinitarios que, en los años siguientes, marcharon a Madagascar el coraje evangélico de quienes aceptan cruzar fronteras culturales, lingüísticas y religiosas para dejarse guiar por el Espíritu», había afirmado el Ministro General, el padre Luigi Buccarello, dirigiéndose a la comunidad con motivo de la fiesta de la Ascensión.
Nacido por inspiración de san Juan de Mata y san Félix de Valois, en una época marcada por las divisiones, los conflictos religiosos y la esclavitud, el carisma trinitario encontró desde sus orígenes su expresión en la redención de los cautivos, transformando la contemplación de la Santísima Trinidad en un servicio concreto a la libertad y a la dignidad de la persona. «Desde sus orígenes, los trinitarios fueron hombres sin fronteras», ha subrayado.
La obra de rescate de los cautivos llevó a los trinitarios a cruzar fronteras políticas, culturales y religiosas, favoreciendo el diálogo con el mundo musulmán a través de la caridad y la misericordia. «Aquel movimiento no respondió únicamente a una necesidad histórica; expresaba una clara opción evangélica: ser un signo de paz y un puente de fraternidad con el mundo musulmán, un cauce de diálogo a través de la caridad que promueve el bien de todos. Esta apertura misionera sigue caracterizando hoy a la Orden, llamada a llegar a las nuevas periferias de nuestro tiempo, marcadas por la pobreza, las guerras, las persecuciones religiosas, las adicciones, la exclusión social y la pérdida del sentido de la vida», ha reiterado.
El centenario de la misión en Madagascar representa una etapa significativa de esta historia.
«Desde 1926, generaciones de religiosos, religiosas y laicos han compartido la vida del pueblo malgache, contribuyendo al crecimiento de la Iglesia local y a la difusión del carisma trinitario. Cien años después damos gracias al Señor por todos aquellos que entregaron su vida en esta tierra. Muchos vivieron en el anonimato; otros afrontaron sacrificios, enfermedades y soledad. Hoy Madagascar no solo es fruto del compromiso misionero del pasado, sino que se ha convertido en protagonista de la misión universal de la Iglesia gracias a las numerosas vocaciones que enriquecen la Orden. Este centenario no pretende ser únicamente un recuerdo del pasado, sino una invitación a mirar hacia el futuro con renovado impulso misionero. La Orden está llamada a formar hombres y mujeres capaces de leer los signos de los tiempos y de dar testimonio, con su vida y sus obras, del Evangelio de la libertad y de la redención. También hoy el Señor nos conduce hacia nuevas fronteras», explica el padre Buccarello.
«Esas fronteras no coinciden siempre con tierras lejanas. Existen fronteras culturales, espirituales, sociales y existenciales que esperan ser habitadas por hombres y mujeres capaces de dar testimonio de la libertad del Evangelio. Vivimos en un mundo atravesado por profundas contradicciones. Aumentan las posibilidades de comunicación, pero también la soledad y el individualismo. Se multiplican los contactos entre pueblos y religiones, pero al mismo tiempo surgen nuevos miedos, conflictos y actitudes de rechazo. Crece la conciencia sobre la dignidad humana y los derechos fundamentales, pero también se multiplican las formas de opresión y de violencia. Todos estamos llamados a llevar esperanza y liberación a una humanidad herida, demasiado a menudo privada del reconocimiento de su dignidad y de sus derechos».
