08 de julio de 2026

En Playa Grande, un importante vecindario de la ciudad de La Guaira, Kamar Galíndez se encontraba en el último piso del Hotel Chipi’s Beach y se disponía a comenzar su entrenamiento diario en el gimnasio, sin sospechar que su vida cambiaría para siempre.

Era el miércoles 24 de junio, día de San Juan Bautista y feriado nacional al conmemorarse un aniversario más de la decisiva Batalla de Carabobo. A las 6:05 de la tarde, la paz que transmitía la imponente vista al mar desde lo más alto del hotel fue sobrepasada por la violencia atronadora de dos terremotos consecutivos que tomaron a todos por sorpresa, sembrando angustia y desconcierto.

En una conversación con ACI Prensa, Kamar —un abogado de 53 años— recordó que las pesadas máquinas del gimnasio se comenzaron a mover de un lado a otro, de manera similar a un disco de hockey de aire. En pocos segundos ocurrió el desastre.

«El piso se parte e inmediatamente lo que veo es como medio edificio se va como inclinando hacia adelante y la parte del edificio donde yo estaba se desploma en vertical, yo sentí el vacío en los pies y lo siguiente fue ya estar atrapado en los escombros”, contó.

Ante la inminencia de la muerte, un clamor: “¡Señor, ten misericordia!”

Visiblemente emocionado, Kamar asegura que lo único que logró hacer ante la fuerza demoledora de la tierra fue resguardarse junto a una pared cercana. Al sentir que se desplomaba el edificio vino a su mente la imagen del Señor Jesús que apareció a Santa Faustina Kowalska por primera vez el 22 de febrero de 1931.

“Recuerdo haber pensado en el Cristo de la Misericordia y pedir: ‘Señor, ten misericordia’” dijo al borde del llanto. “Lo siguiente fue sentir como el edificio se desplomaba, porque con ese movimiento tan brusco yo decía: ‘Esto se va a caer’ y efectivamente se cayó”.

Kamar nunca perdió el conocimiento. Dice haber sentido cada golpe pero que “ante la impresión y el miedo, las sensaciones físicas quedan en segundo plano”. Pasó la confusión del colapso y se dio cuenta de que estaba vivo, pero con el cuerpo completamente enterrado en los escombros y aprisionado por una gigantesca viga que aplastaba su pecho.

No podía respirar bien. Su cabeza no quedó sepultada y a través de aquella inmensa montaña de metal retorcido, ladrillos y tierra, podía ver el cielo aún iluminado por los últimos rayos del sol de aquel miércoles. En el lugar, se escuchaban los gritos desesperados de las decenas de personas que también estaban en el hotel y habían quedado atrapadas.

Kamar limpió su rostro e intentó moverse para liberarse. Entonces se dió cuenta de que tenía el brazo izquierdo fracturado: “Mucha desesperación, mucho miedo”, recordó haber sentido, pero en medio del sufrimiento no dudó en encomendarse a la protección de Dios:

“Luego pedí calma. Lo que hice fue rezar mucho: ‘Bueno, Papá Dios, ayúdame a salir de aquí. Dame calma’, fue lo primero que pedí. ‘Dame calma y dime que tengo que hacer’”, imploró.

Como pudo, hizo señales pidiendo auxilio. Asegura no tener noción de cuánto tiempo estuvo bajo los escombros pero sabe que “se le hizo eterno”. Finalmente, después de pocos minutos o de una eternidad, un hombre que había subido la montaña de escombros lo ayudó a liberarse.

“La Medalla milagrosa me salvó”

Kamar bajó del edificio colapsado por sus propios medios. Al darse cuenta de la magnitud de la tragedia, que en fracciones de segundo le arrebató la vida a miles, aseguró que haber salido prácticamente ileso es un milagro, el cual atribuye a la Virgen de la Medalla Milagrosa, de quien siempre ha sido devoto.

«Yo usaba una cadenita con un crucifijo y una medallita de la Virgen Milagrosa. Entre las cosas que a mí se me pierden, se me rompió esa cadena, por supuesto yo no me había dado cuenta en ningún momento”, recordó.

De camino a su residencia, también completamente destruida, un par de jóvenes ayudaron a Kamar con los primeros auxilios. Cuando lo están atendiendo, se da cuenta de uno de esos pequeños milagros que pueden pasar desapercibidos para el corazón inexperto, pero que guardan un profundo significado para quien tiene una fe sincera.

Le pide ayuda a los jóvenes para guardar su reloj en uno de los bolsillos de su short, porque tenía que quitárselo para inmovilizar el brazo fracturado. Y entonces, lo inexplicable:

“Yo tenía un short con un cierrecito y cuando veo, no me preguntes de dónde, no me preguntes cómo, estaba engarzada un pedacito de la cadena y la medalla de la Virgen Milagrosa”.

«Por supuesto, le digo al niño: ‘Por favor, guárdame también esa medallita, porque esa fue la que me salvó’”, dijo. “No tengo la menor duda. Absolutamente. Absolutamente”, respondió al ser consultado sobre si realmente cree que su vida es un milagro alcanzado por la intercesión de la Santísima Virgen.

Muchas personas no lograron salir de los restos del hotel. Para Kamar Galíndez, haber sobrevivido es obra de la misericordia de Dios, que escuchó sus súplicas en todo momento y le concedió lo que pedía por una razón que aún desconoce.

«En la mayor adversidad, empiezas a verlo en lo más básico, porque lo más básico se convierte en imposible. Cuando lo más básico es imposible y lo logras, uno dice: ‘Solo Dios puede lograrlo’”, comentó.

«Hay un Dios que se ocupa de ti en ese momento, de lo que tú le estás pidiendo, de lo que tú necesitas. De liberarte un brazo, de que te acuerdes de Él dejándote una medallita guindada en un pantalón”, aseguró. Y remarcó lo que considera más importante luego de su terrible experiencia: “Tengo el mayor don que me regaló Papá Dios, que es la vida”.

Hoy, Kamar se siente muy agradecido por estar vivo. Para él y para toda Venezuela, lo ocurrido es un recordatorio de humildad. De saber que lo que se tiene viene de la voluntad y la misericordia de Dios, que no abandona a su pueblo, que no abandona a los venezolanos, especialmente en los tiempos de más sufrimiento.

La tragedia deja innumerables testimonios de dolor, pero también otros de solidaridad heroica y de fe en Dios, que sirven para sostenerse y seguir adelante en un país muy golpeado, pero confiado en un porvenir brillante y lleno de prosperidad y esperanza. Esta es una de esas historias.

Hasta la publicación de este artículo, la cifra oficial de fallecidos en Venezuela producto del doble terremoto asciende a 3.535, mientras que el número de heridos alcanza los 16.740. Estimaciones de organizaciones independientes señalan que decenas de miles de personas están desaparecidas.