10 de junio de 2026
La segunda vigilia del Papa León XIV en España se celebró este lunes en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Barcelona, el mismo escenario que acogió los Juegos Olímpicos de 1992, aquellos que proyectaron al mundo la imagen de una España moderna, eficaz, libre y plenamente integrada entre las grandes naciones del mundo. La magnitud del evento deportivo solo encuentra comparación desde entonces con la visita de la cabeza de la Iglesia católica, que reúne a más de mil millones de fieles en todo el mundo. Treinta y cuatro años después de aquella cita deportiva histórica, el Pontífice volvió a encender, simbólicamente, otra llama: la de la fe. El Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona, expresó su deseo de que la presencia papal contribuya a renovar la ciudad, evocando la “ciudad de Dios” que soñó Gaudí. Minutos antes de las ocho de la tarde, el Santo Padre llegó en papamóvil. La multitud le recibió con una explosión de júbilo y aplausos, en un ambiente festivo y expectante.
Una celebración de la cultura catalana La vigilia alternó momentos de oración con actuaciones musicales en una reivindicación de la cultura de Cataluña, que incluyó, entre otras expresiones, la rumba catalana. Uno de los momentos más espectaculares fue la actuación de los castellers, capaces de levantar torres humanas de hasta ocho pisos. El Papa contempló con atención esta tradición, acompañada por una orquesta de gralles, instrumento emblemático de Cataluña. Los protagonistas eran miembros de los Castellers de Vilafranca del Penedès, institución reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO. Entre ellos, Adrià, un joven de 26 años que lleva cinco en el grupo. “Delante del Papa, vamos a hacer un castillo. Nos emociona, porque es un momento donde nos podemos dar una gran visibilidad sobre nuestra cultura que es la cultura catalana”, dijo a EWTN.
Dificultades para asistir A pesar del entusiasmo, no todos los fieles lo tuvieron fácil para acceder al recinto. Fernando, junto a sus hijos Ignasi, Carles y Alba, llegó desde Sabadell. Relatan las dificultades para conseguir entradas. “Nos hubiera gustado a lo mejor que pudiéramos tener un acto como en Madrid, en una gran plaza pública, un poco más abierto para que realmente toda la gente que hubiera querido pudiera verlo”, señaló Ignasi, el mayor de la familia, quien fue voluntario durante la visita de Benedicto XVI en 2010 con motivo de la consagración de la Sagrada Familia. “Da la sensación de que se organizan las cosas un poco con el miedo a que la gente no responda, pero Cataluña también quiere al Papa”, lamentó. Su padre calificó el proceso como “un poco complicado”. Finalmente, lograron asistir gracias a Alba, que trabaja en el Obispado de Tortosa. Carles, por su parte, explicó que, aunque se inscribió en el primer minuto, no consiguió entrada: “O sea que las entradas volaron. Además solo las parroquias de Barcelona tenían entradas a disposición; la nuestra no”.
Jóvenes ante un momento histórico Entre los asistentes predominaban los jóvenes. Pol y Júlia, ambos de 20 años, coincidían en que estaban viviendo un momento irrepetible. “Me siento doblemente afortunado por poder ver al Papa y poder ver terminada la Sagrada Familia es una doble bendición”, afirmó él. “Es una figura importantísima. Hay muchos jóvenes aquí”, añadió, mientras su amiga apuntaba que el Pontífice ha sabido adaptar su “fitch” para convertirse en un referente para la juventud.
Una joven comparte su crisis de suicidio: “Dios me dio una segunda oportunidad” Uno de los momentos más intensos de la vigilia llegó con el testimonio de una joven que, rota de emoción, confesó haber intentado quitarse la vida. El silencio que siguió a su relato fue sobrecogedor. “A veces, este dolor es tan abrumador que la idea de desaparecer parece la única salida. Yo misma luché por salir de esta enfermedad, en silencio durante años, y una noche de viernes perdí la batalla e intenté quitarme la vida. Estoy aquí porque Dios me dio una segunda oportunidad, y le estaré eternamente agradecida”, aseguró. Su intervención puso rostro a la crisis de salud mental entre los jóvenes. Según datos de UNICEF, el 41 % de los adolescentes en España ha sufrido un problema de este tipo en el último año. Con sinceridad, preguntó: “¿Dónde podemos ver a Dios cuando la oscuridad es absoluta y ya no podemos más?”. El Papa, visiblemente conmovido, le respondió: “Me conmueve que hayas encontrado la fuerza de acoger esta segunda posibilidad que el Señor te ha dado”. El Pontífice definió la depresión como una “enfermedad silenciosa” y advirtió de que la salud mental “se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas”. También evocó el sufrimiento de Cristo: “Mientras te escuchaba […] pensaba en esas horas de oscuridad, de angustia y de dolor que vivió Jesús al acercarse la hora de su muerte”. “Estas experiencias ofrecen un mensaje también a nosotros creyentes, a toda la Iglesia: no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la ‘voluntad de Dios’ o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante. Recordemos lo que decía el Papa Francisco: con Dios, la vida renace siempre”, dijo el Papa, en una de sus frases más poderosas de toda la visita pastoral.
Perdón y reconciliación Otra joven compartió una infancia marcada por la violencia: padre encarcelado, madre atrapada en las drogas y su ingreso en un centro de menores. Aunque encontró la fe, aún lucha por perdonar. Su testimonio dio paso a una de las grandes preguntas de la noche: cómo reconciliarse con el dolor y con Dios cuando la vida ha sido profundamente herida.
La noche como lugar de esperanza En la homilía final, el Papa recurrió a la figura de Nicodemo. En la oscuridad —explicó— también nace la luz. Nicodemo, dijo el Pontífice, “nos enseña que estas noches —que acompañan nuestra vida, el camino de la fe y la historia en la que vivimos— son un lugar de bendición, un espacio para renacer, un vientre que siempre alumbra vida nueva”. Y concluyó con una llamada a no temer la oscuridad: “estamos llamados a no juzgar las “noches”; ni las noches de nuestra vida, ni las de la Iglesia, ni las de la sociedad que nos rodea. En la noche, debemos en cambio ponernos en camino como hace Nicodemo, seguir interpelando al Señor, abrirnos al viento del Espíritu para acoger la noche ya no como el signo de un fracaso sino como el inicio de una nueva vida”.
