11 de mayo de 2026

En la escena, los únicos capaces de contener la emoción, a duras penas, son Tommaso y Pina. Llevan 24 años casados y tienen dos hijos: Matteo, de 17 años, y María Rosaria, de 4. Ellos mismos empujaron sus sillas de ruedas —ambos menores las necesitan para desplazarse— hasta el Templo de la Caridad, un centro de acogida situado dentro del Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya (Italia), donde el Pontífice celebró este viernes su primer aniversario como Papa. Ante León XIV, trataron de poner palabras al amor incondicional que, día tras día, entregan a sus hijos. En realidad, ni Matteo ni María Rosaria son sus hijos biológicos. Tras años intentándolo, tuvieron que aceptar con pesar el diagnóstico de infertilidad. Con el tiempo, supieron descubrir en ese pozo de dolor una llamada más profunda: “El Señor transformó esta fragilidad nuestra en una vocación”, explicaron ante el Papa. Así, decidieron adoptar. Pero no eligieron un camino fácil. Matteo nació sin brazos ni piernas. Fue abandonado por sus padres a las puertas de un hospital de Nápoles justo cuando más los necesitaba. En 2008, Tommaso y Pina vieron un reportaje sobre él en televisión. Bastó una mirada cómplice entre ellos para que supieran que aquel niño era el primer don que Dios les confiaba. Matteo, de hecho, significa “don de Dios”. “Inmediatamente nos pusimos en contacto con el hospital”, recordaron ante el Papa. Tras completar el proceso legal, el niño entró para siempre en su familia. En su primer cumpleaños, sus padres lo confiaron a la Virgen de Pompeya durante una Misa celebrada en el santuario.

Un segundo “sí” aún más radical Catorce años después, volvieron a abrir de par en par su casa a otra niña especial. En 2022, durante un encuentro con familias en Pompeya con motivo de la Jornada Mundial de la Familia, conocieron a una pareja responsable de una casa-familia del santuario. Con ellos se encontraba una recién nacida. “Bastó mirarla para comprender que era una niña especial”, explicaron al Papa. Era María, que —como su futuro hermano— también había sido abandonada al nacer. Los primeros síntomas de su enfermedad aparecieron sin avisar en cuanto asomó su cabecita al mundo: padecía una patología gravísima e incurable. Según los médicos, “no le quedaba mucho tiempo de vida (aproximadamente un año)”, aseguraron a León XIV. María es ciega y sorda; tiene traqueostomía y se alimenta a través de una sonda. Respira únicamente gracias a un tubo conectado a la traqueostomía. Ante un diagnóstico así de crudo, ninguna familia había solicitado su adopción. Pero Tommaso y Pina tampoco dudaron esta vez: “Decidimos ser sus padres. Dijimos nuestro ‘aquí estoy’”, contaron.

Un camino difícil… y un regalo de la Virgen inesperado Sin embargo, aunque su voluntad de amar a aquella criatura era firme, el proceso no fue sencillo. El Tribunal de Menores de Nápoles rechazó inicialmente la adopción, al considerar que la pareja ya tenía un hijo con necesidades especiales. ¿Es el amor capaz de sostener tanto sufrimiento en una sola vida? Un episodio vivido en el Santuario de Pompeya marcó, sin embargo, un punto de inflexión. El 13 de noviembre de 2022, durante la tradicional bajada del cuadro de la Virgen, una de las responsables de la casa-familia tomó a la niña y colocó su mano sobre la imagen. Dos días después, el tribunal reconsideró su decisión y concedió a este matrimonio italiano el permiso para adoptarla. Ambos interpretaron este hecho como un regalo de la Madre de Dios.

María Rosaria, signo de esperanza María fue bautizada ese mismo año y recibió también el nombre de Rosaria, en honor a la Virgen de Pompeya. Hoy tiene cuatro años y forma parte de esta familia que ha hecho del amor su camino de luz. El testimonio de Tommaso y Pina conmovió al Papa León XIV. Lo que más duele a estos padres, no no son tanto las limitaciones físicas de sus hijos, sino los efectos secundarios de su enfermedad: la vergüenza y la soledad provocadas por el miedo que despiertan en los demás. A muchos les resulta difícil incluso sostenerles la mirada.

Las caricias del Papa que lo cambian todo La fotografía tomada el viernes captó un momento de gran alegría para esta familia. Tras abrir su corazón al Papa, León XIV miró a Matteo y Maria Rosaria fijamente a los ojos: una mirada intensa, no de compasión, sino de profundo cariño. Ninguno de los dos están acostumbrados a que les miren sin fruncir el ceño. Primero saludó a Matteo: le apoyó la mano sobre la cabeza con ternura y lo acarició sin prisa, como si fuera un niño pequeño y no un adolescente ya fornido. Después le dio un beso en la mejilla. A continuación, se acercó a su hermana y la besó con cuidado: María Rosaria es ciega y sorda, pero sintió el calor del cariño del Papa. Nadie podría articular palabra antes este pequeño gesto. Habrían echado a perder la frágil intimidad de ese instante único que quedó inmortalizado por los fotógrafos. A Matteo, Maria Rosaria y a sus padres les explotaba el corazón. Toda una vida de dolor, sufrimiento y rechazo, redimida en un instante.