15 de abril de 2026

Todo hombre y toda mujer está llamado a renacer, a experimentar el don de una vida nueva como signo y anticipo de la salvación eterna. Y ese nuevo nacimiento no se alcanza mediante esfuerzos de perfección moral. Brota como don gratuito en quien experimenta en esta tierra que “nuestra vida puede cambiar porque Cristo ha resucitado de entre los muertos”.
En Annaba, la antigua Hipona, la tarde del martes 14 de abril, León XIV ha celebrado la misa en la iglesia dedicada a San Agustín, momento final de los dos intensos días vividos en tierra argelina. El Obispo de Roma, perteneciente a la Orden agustiniana, en la ciudad de la que el “Doctor de la Gracia” fue obispo, ha repetido lo que su santo patrono testimonió con su vida y sus obras: que la fe y la Iglesia viven únicamente de la gracia de Cristo. Por eso la Iglesia puede ser siempre “Iglesia naciente”, y los relatos de la concordia entre los primeros discípulos en los Hechos de los Apóstoles pueden constituir para siempre el “canon” de toda reforma eclesial.

En la homilía, pronunciada en francés en la basílica de Annaba, León XIV ha partido del Evangelio del día, el relato del diálogo nocturno entre Nicodemo y Jesús, que confía a su interlocutor «y también a nosotros» la sorprendente tarea de «renacer de lo alto».
De la llamada de Jesús – ha proseguido el Papa Prevost- « brota la misión para toda la Iglesia y, por tanto, para la comunidad cristiana de Argelia: nacer nuevamente de lo alto, es decir, de Dios». Una misión imposible, un mandato que nadie puede cumplir por sus propias fuerzas. Pero «la gracia del Señor hace florecer el desierto». Las palabras de Jesús a Nicodemo no son «una dura imposición» ni «una condena al fracaso», ya que «podemos renacer desde lo alto, gracias a Dios». Y «mientras Cristo nos pide renovar nuestra existencia, también nos da la fuerza para hacerlo».
El Papa ha citado la célebre invocación de las Confesiones de San Agustín: «Dame lo que mandas y manda lo que quieras», añadiendo que no importa «cuán oprimidos estemos por el dolor o el pecado: el Crucificado lleva todas estas cargas con nosotros y por nosotros. No importa cuánto nos desanimen nuestras debilidades; porque es precisamente entonces cuando se manifiesta la fuerza de Dios, que ha resucitado a Cristo de entre los muertos para dar vida al mundo». Y «cada uno de nosotros puede experimentar la libertad de la vida nueva que viene de la fe en el Redentor».
La imagen viva de esa vida nueva de quien camina a la luz de la resurrección de Cristo – ha sugerido el Sucesor de Pedro en la segunda parte de su homilía- aparece en los relatos de los Hechos de los Apóstoles, donde se manifiesta «el estilo que distingue a la humanidad renovada por el Espíritu Santo». Por ello –ha subrayado León XIV- el “canon apostólico” de los Hechos permanece para siempre como «auténtico criterio de reforma eclesial», una reforma «que comienza en el corazón para ser verdadera».
El Pontífice se ha detenido en los rasgos de las primeras comunidades cristianas descritos en los Hechos de los Apóstoles: la concordia, es decir, la «comunión de corazones que laten juntos porque están unidos al de Cristo»; la caridad recíproca, hasta la completa puesta en común de los bienes, no como utopía, sino porque «la fe en el único Dios, Señor del cielo y de la tierra, une a los hombres según una justicia perfecta». Animada por esta ley, que solo Dios puede escribir en los corazones, la Iglesia «está siempre dando vida, porque donde hay desesperación, enciende esperanza; donde hay miseria, lleva dignidad; donde hay conflicto, lleva reconciliación». Con una caridad que, antes que «compromiso moral, es signo de salvación»: los Apóstoles proclaman que nuestra vida puede cambiar porque Cristo ha resucitado de entre los muertos.
A los cristianos de Argelia, en la parte final de su homilía, el Papa les ha pedido que «permanezcan como signo humilde y fiel del amor de Cristo». La presencia de los cristianos, pequeño rebaño disperso entre la multitud de compatriotas musulmanes –ha dicho el Papa- hace pensar en el incienso, «un grano incandescente, que esparce perfume porque da gloria al Señor y alegría y consuelo a tantos hermanos y hermanas. Ese incienso es un elemento pequeño y precioso, que no está en el centro de la atención, sino que invita a dirigir nuestros corazones a Dios, animándonos unos a otros a perseverar en las dificultades del tiempo presente».
El Pontífice ha recordado la historia de la Iglesia en Argelia, «hecha de acogida generosa y de perseverancia en la prueba; aquí han orado los mártires, aquí san Agustín amó a su grey buscando la verdad con pasión y sirviendo a Cristo con fe ardiente». «Sean herederos» -ha concluido el Obispo de Roma- «de esta tradición, dando testimonio en la caridad fraterna de la libertad de quien nace de lo alto como esperanza de salvación para el mundo».
La tarde del lunes 13 de abril, en Argel, en la basílica de Notre-Dame d’Afrique, el Papa ha encontrado a muchos miembros de la pequeña y multirreligiosa comunidad católica local. «Esta basílica es un espacio de encuentro y fraternidad: más de 9 de cada 10 personas que cruzan su puerta son de religión musulmana», ha recordado el cardenal Jean-Paul Vesco, arzobispo de Argel, en su discurso de acogida. «“Madame l’Afrique”, como se la llama aquí, está inscrita en el patrimonio de Argelia y en el corazón de los argelinos. La inscripción que los recibe, “recen por nosotros y por los musulmanes”, expresa la vocación materna de María para toda la humanidad y la vocación de esta basílica, que acoge numerosas confidencias y alberga múltiples manifestaciones culturales o religiosas, entre ellas las jornadas marianas islamo-cristianas».
«Es el amor a los hermanos el que ha suscitado el testimonio de los mártires», ha afirmado el Papa en el encuentro, recordando con emoción a los 19 mártires de Argelia beatificados en Orán el 8 de diciembre de 2018. «Frente al odio y la violencia, permanecieron fieles a la caridad hasta el sacrificio de su vida, junto a muchos hombres y mujeres, cristianos y musulmanes. Lo hicieron sin pretensiones y sin hacer ruido, con la serenidad de quienes no se enorgullecen ni desesperan, porque saben en quién han puesto su confianza».
Este mismo lunes 13 de abril, el Pontífice ha dirigido una carta a los cardenales de todo el mundo, hecha pública al día siguiente, en la que subraya lo que ha madurado en los grupos de trabajo sobre la exhortación apostólica Evangelii gaudium, especialmente en lo referente a la misión y la transmisión de la fe. Retomando expresiones de Benedicto XVI y Francisco, el Papa León XIV reafirma que la misión «se difunde por atracción más que por conquista», y en ella se unen «anuncio explícito, testimonio, compromiso y diálogo, sin ceder al proselitismo ni a una lógica de mera conservación o expansión institucional». «Incluso cuando se reconoce minoritaria -añade el Obispo de Roma- la Iglesia está llamada a vivir sin complejos, como un pequeño rebaño portador de esperanza para todos, recordando que la finalidad de la misión no es su propia supervivencia, sino la comunicación del amor con el que Dios ama al mundo».
(GV) (Agencia Fides 14/4/2026)