23 de marzo de 2026

La muerte y el dolor provocados por las guerras en Oriente Medio y en todo el mundo «¡son un escándalo para toda la familia humana y un grito ante Dios!». Y «no podemos permanecer en silencio ante el sufrimiento de tantas personas indefensas, víctimas de estos conflictos», ya que «lo que las hiere a ellas, lacera a toda la humanidad». Así lo ha reiterado hoy el Papa León XIV, quinto domingo de Cuaresma, dirigiendo su mirada a las tragedias que desgarran el mundo tras recitar la oración mariana del Ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico.
El Obispo de Roma ha afirmado que sigue «con tristeza la situación en Oriente Medio, así como en otras regiones del mundo devastadas por la guerra y la violencia», y ha renovado vehementemente su «llamamiento a perseverar en la oración, para que cesen las hostilidades y se abran finalmente caminos de paz basados en el diálogo sincero y en el respeto a la dignidad de cada persona humana». Seguidamente ha hecho referencia a la maratón celebrada hoy en Roma, «con innumerables atletas procedentes de todo el mundo. ¡Esto es un signo de esperanza!», ha subrayado el Pontífice, expresando su deseo de que el deporte «trace caminos de paz, inclusión social y de espiritualidad».
En la breve catequesis pronunciada antes de la oración del Ángelus, León XIV ha tomado como punto de partida el pasaje del Evangelio según Evangelio de Juan leído durante la liturgia del día, que relata el milagro de la resurrección de Lázaro.
Un signo -ha subrayado el Pontífice- «que habla de la victoria de Cristo sobre la muerte y del don de la vida eterna que recibimos en el Bautismo». Jesús -ha continuado el Papa- «hoy, Jesús nos dice también a nosotros, al igual que a Marta, la hermana de Lázaro: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”».
La gracia de Cristo -ha añadido- «ilumina este mundo, que parece estar en una búsqueda constante de novedades y cambios». La «fama, los bienes materiales, el entretenimiento o las relaciones pasajeras» se buscan como si «pudieran satisfacer nuestro corazón o hacernos inmortales». Y esto puede verse también como «síntoma de una necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva dentro». Sin embargo, «nada de lo creado» –ha señalado el Sucesor de Pedro, evocando un pasaje de las Confesiones de San Agustín– «puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz hasta que descansamos en Él».
Existen «hábitos, condicionamientos y formas de pensar que, como grandes piedras» –ha reconocido el Papa– «nos encierran en el sepulcro del egoísmo, el materialismo, la violencia y de la superficialidad». Pero, como hizo con su amigo Lázaro, «también a nosotros nos grita: “¡Ven afuera!”, animándonos a salir, renovados por su gracia, de esos espacios angostos, para caminar en la luz del amor, como mujeres y hombres nuevos, capaces de esperar y amar según el modelo de su caridad infinita, sin cálculos y sin límites».
(GV) (Agencia Fides 22/3/2026)